Tomasa, una humilde mujer salvadoreña que viene los lunes a solucionar el desastre que queda a mi paso por la casa después de cada semana, me contaba ayer una historia sorprendente. Hablaba de la belleza de los españoles, en contraposición a la fealdad de los salvadoreños. Me explicaba que, de no ser por un generoso español que decidió tener descendencia con una mujer salvadoreña, una raza tan fea que más parecía compuesta por simios que personas -según sus propias palabras-, de no ser, como iba diciendo, por la generosidad de este español, cuya semilla se expandió por toda centroamerica, los salvadoreños seguirían siendo horripilantes y estúpidos, no medio feos y medio necios como son ahora.
No supe cómo reaccionar ante tal afirmación; primero me dio por quedarme callado, boquiabierto, dubitativo; una sonrisa modificó mi gesto, una risa posterior acrecentó una reacción que para nada pretendía ser despectiva. Tomasa me observaba tan admirada como la observaba yo a ella. ¿No conocía la historia? Me espetó. No podía responderle, me daba la risa; ella también reía, extrañada: ¿No lo cree? Me preguntó. Yo seguía riendo y ella reía y me interrumpía, alternando ambas preguntas con persistencia y sorpresa: ¿No conocía la historia? jajajaja ¿No la cree? jajajaja ¿No la conocía? jajajaja.
Las risas se fueron deteniendo y yo no sabía bien cómo responder. Decidí narrarle la confusión de los españoles, cómo estos se encontraron con América por equivocación, cómo saquearon, violaron, robaron, mataron, impusieron... ¿Violaron? Me preguntó ella. ¿Violaron a las mujeres? No lo podía creer. Qué historia le habrán enseñado, me preguntaba yo. Tomasa, ustedes ya tenían una religión, una cultura, cuando llegaron los españoles: la cultura maya. ¿En serio? me preguntaría ella. Una religión politeísta, con Dioses que representaban la naturaleza.
Comenzamos a discutir sobre la religión católica, sobre la existencia de un Dios, sobre la aceptación del Destino, sobre el papel de cada uno en la tierra, sobre el concepto del azar y la relación que los vinculaba a los tres. Salió mencionado el Evangelio según Judas, los evangelios Apócrifos, los Canónicos, Abraham y junto a él las tres principales religiones monoteístas, la cronología de las diversas religiones y un sinnúmero de temas relacionados con la imposición de la fé cristiana en el nuevo mundo.
Finalmente, dimos por concluida la conversación, principalmente debido a que yo regresaba tarde a la oficina, eso sí, con muchas más inquietudes de las previsatas: ninguno de los dos podría afirmar o negar la relevancia del destino, decantarse por la causalidad o la casualidad, otorgar o negar el rango de Dios al azar o a la naturaleza, y, sin embargo, con mayor o menor afán (en esto sí soy un convencido) ambos cuestionamos la necesidad de un intermediario y, por tanto, la labor de una institución que se auto-proclama representante de Dios en la tierra.
¿Quién sabe que nos deparará nuestro próximo almuerzo? Si llegamos a convertir el agua en vino, quizás sea el primero de muchos...
martes, 25 de marzo de 2008
miércoles, 19 de marzo de 2008
Aznar, ¿crimial de guerra?
Si me lo preguntaran a mí, daría un rotundo sí. Es indignante el juego, la dolbe moral, la falsedad de occidente. ¿Qué nos creemos? Nosotros somos quienes decidimos si un país puede o no tener armamento nuclear. De hecho, lo que decidimos es si puede tener energía nuclear. El único país que ha hecho uso de dichas armas es quien determina esto. Como dijera un amigo mío, el único vecino que tiene una pistola y además ha matado a alguien es el que decide si alguien más puede tener pistola en el vecindario.
Nos dedicamos a criticar lo que desconocemos, a imponer nuestras convicciones como si fueran verdades absolutas, a defender la democracia por encima de todo. ¿De qué democracia estamos hablando? Si no me equivoco, Estados Unidos tiene 300 millones de habitantes, de los cuales vota un 40% y los resultados se dividen en un 20-20 en unas elecciones que, cuando menos, resultan dudosas. Esto significa que el 20% del 40% de 300 millones de habitantes, es decir, unos 60 millones de estadounidenses, deciden lo que pasa en el mundo, si es que fuera la democracia la que decide y no las campañas multimillonarias que hay detrás de ésta.
Las democracias en América Latina han llevado a que una mayoría haya manifestado que preferiría cambiar de sistema político si ello supusiera un cambio en la economía. Y es que, claro, América Latina es la región del mundo que sufre mayor desigualdad en la distribución de la riqueza. Sin embargo, los que parecen estar haciéndolo mejor en este sentido, al menos son los que se utilizan como ejemplo constantemente, son China y Vietnam. Sin el más mínimo ánimo de ser políticamente correcto, no los llamaría sistemas democráticos.
Sin embargo, en defensa de estas nuestras ideas, nuestras convicciones, nuestras creencias, IMPONEMOS. Hubo un presidente electo en España, durante dos legislaturas: Aznar. No voy a entrar a descalificaciones personales, ni siquiera a valoraciones profesionales, me voy a limitar a analizar el comportamiento inaceptable de una persona que resultó electa para servir al pueblo, no a sus convicciones. En contra de aproximadamente el 90% de la población, decidió invadir Irak, supuestamente en busca de armamento nuclear. Hoy reconoce otra verdad:
"Teníamos que adoptar una decisión difícil, pero era nuestra responsabilidad y el destino de Oriente Medio era de extrema importancia para los europeos, y también para los españoles, establecer una alianza muy estrecha y sólida con amigos poderosos"
"Estábamos fuertemente convencidos de que nos asistía la razón y de que actuábamos además en interés de mucha gente"
"La gente puede participar en elecciones, hablar libremente. Hay libertad en el país y existe la posibilidad de establecer una democracia".
Afortunadamente para algunos pocos, existen periodistas de la talla de Mónica G. Prieto, a quien desde este humilde espacio le reservo el más absoluto de los respeto, que ha publicado hoy un artículo brillante sobre la realidad en Irak. Hay otros blogs que se han hecho eco de su texto, aquí pongo un breve estracto y los invito a que lean dicho artículo (http://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/18/internacional/1205877254.html):
"El Irak de 2002, el previo a la invasión, no se asemeja nada al Irak de hoy. Los cambios físicos son patentes: desapareció la omnipresencia del dictador en forma de mosaicos, murales y efigies y apareció la omnipresencia del terror en forma de muros antibomba, alambre de espino, socavones producidos por las explosiones y el deprimente abandono de todas las guerras. Pero más allá de la ruina producto de cinco años de violencia, lo más terrible e irreparable es la destrucción moral que ha convertido a sus ciudadanos, antaño fraternales, cultos y dignos, en seres temerosos, violentos y desconfiados, habitantes de una jungla en la que fuertes y débiles pueden —y suelen— desaparecer... La democracia prometida se implantó al tiempo que desapareció toda la seguridad. Sin embargo, los iraquíes no transmiten odio sino miedo."
Aznar, se atreve a afirmar:
"Actuaría de igual modo. Aunque fue un momento difícil para mí, mi convicción, mi conciencia y mi mente están claras".
Y yo me pregunto: ¿Dónde queda la soberanía de un Estado? ¿Qué se ha creído occidente para invadir, destruir un país y afirmar que lo volvería a hacer?
Claramente, este invasor, esta persona que ha desencadenado, con sus acciones, con su ignorancia, con su imprudencia, la muerte de ni se sabe cuántos cientos de miles de personas, que ha hundido en la miseria y el miedo a un país entero, este ... no sé cómo tildarlo, tendría que ser juzgado. Es una vergüenza que aparezca impune haciendo tales declaraciones. ¿En qué mundo vivimos? ¿En qué mundo queremos vivir? ¿Esos son los valores que defendemos y transmitimos? ¿Esa es la gran Europa? ¿la gran España?
Sorprendentemente, en Irak no generamos odio, sino miedo. Tengo mis reservas sobre los resultados en el resto de los países árabes que maltratamos, despreciamos e irrespetamos.
¿Qué es el terrorismo?
Nos dedicamos a criticar lo que desconocemos, a imponer nuestras convicciones como si fueran verdades absolutas, a defender la democracia por encima de todo. ¿De qué democracia estamos hablando? Si no me equivoco, Estados Unidos tiene 300 millones de habitantes, de los cuales vota un 40% y los resultados se dividen en un 20-20 en unas elecciones que, cuando menos, resultan dudosas. Esto significa que el 20% del 40% de 300 millones de habitantes, es decir, unos 60 millones de estadounidenses, deciden lo que pasa en el mundo, si es que fuera la democracia la que decide y no las campañas multimillonarias que hay detrás de ésta.
Las democracias en América Latina han llevado a que una mayoría haya manifestado que preferiría cambiar de sistema político si ello supusiera un cambio en la economía. Y es que, claro, América Latina es la región del mundo que sufre mayor desigualdad en la distribución de la riqueza. Sin embargo, los que parecen estar haciéndolo mejor en este sentido, al menos son los que se utilizan como ejemplo constantemente, son China y Vietnam. Sin el más mínimo ánimo de ser políticamente correcto, no los llamaría sistemas democráticos.
Sin embargo, en defensa de estas nuestras ideas, nuestras convicciones, nuestras creencias, IMPONEMOS. Hubo un presidente electo en España, durante dos legislaturas: Aznar. No voy a entrar a descalificaciones personales, ni siquiera a valoraciones profesionales, me voy a limitar a analizar el comportamiento inaceptable de una persona que resultó electa para servir al pueblo, no a sus convicciones. En contra de aproximadamente el 90% de la población, decidió invadir Irak, supuestamente en busca de armamento nuclear. Hoy reconoce otra verdad:
"Teníamos que adoptar una decisión difícil, pero era nuestra responsabilidad y el destino de Oriente Medio era de extrema importancia para los europeos, y también para los españoles, establecer una alianza muy estrecha y sólida con amigos poderosos"
"Estábamos fuertemente convencidos de que nos asistía la razón y de que actuábamos además en interés de mucha gente"
"La gente puede participar en elecciones, hablar libremente. Hay libertad en el país y existe la posibilidad de establecer una democracia".
Afortunadamente para algunos pocos, existen periodistas de la talla de Mónica G. Prieto, a quien desde este humilde espacio le reservo el más absoluto de los respeto, que ha publicado hoy un artículo brillante sobre la realidad en Irak. Hay otros blogs que se han hecho eco de su texto, aquí pongo un breve estracto y los invito a que lean dicho artículo (http://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/18/internacional/1205877254.html):
"El Irak de 2002, el previo a la invasión, no se asemeja nada al Irak de hoy. Los cambios físicos son patentes: desapareció la omnipresencia del dictador en forma de mosaicos, murales y efigies y apareció la omnipresencia del terror en forma de muros antibomba, alambre de espino, socavones producidos por las explosiones y el deprimente abandono de todas las guerras. Pero más allá de la ruina producto de cinco años de violencia, lo más terrible e irreparable es la destrucción moral que ha convertido a sus ciudadanos, antaño fraternales, cultos y dignos, en seres temerosos, violentos y desconfiados, habitantes de una jungla en la que fuertes y débiles pueden —y suelen— desaparecer... La democracia prometida se implantó al tiempo que desapareció toda la seguridad. Sin embargo, los iraquíes no transmiten odio sino miedo."
Aznar, se atreve a afirmar:
"Actuaría de igual modo. Aunque fue un momento difícil para mí, mi convicción, mi conciencia y mi mente están claras".
Y yo me pregunto: ¿Dónde queda la soberanía de un Estado? ¿Qué se ha creído occidente para invadir, destruir un país y afirmar que lo volvería a hacer?
Claramente, este invasor, esta persona que ha desencadenado, con sus acciones, con su ignorancia, con su imprudencia, la muerte de ni se sabe cuántos cientos de miles de personas, que ha hundido en la miseria y el miedo a un país entero, este ... no sé cómo tildarlo, tendría que ser juzgado. Es una vergüenza que aparezca impune haciendo tales declaraciones. ¿En qué mundo vivimos? ¿En qué mundo queremos vivir? ¿Esos son los valores que defendemos y transmitimos? ¿Esa es la gran Europa? ¿la gran España?
Sorprendentemente, en Irak no generamos odio, sino miedo. Tengo mis reservas sobre los resultados en el resto de los países árabes que maltratamos, despreciamos e irrespetamos.
¿Qué es el terrorismo?
domingo, 16 de marzo de 2008
Armas de la injusticia
Hace un año y medio, vivía en San Salvador. Ayer, vivía en San Salvador. Hoy, también. La ciudad es la misma... o tal vez no. ¿Qué duda cabe de que está viva, de que se transfigura, de que cada noche muere para renacer cada mañana, o de que renace cada noche, con los miles de invisibles que la habitan y la padecen? Probablemente yo también he cambiado.
Es un país bello; el gran desconocido, con sus rincones, con su magia, con su legado de la guerra, con sus secretos, con la perpetuación de la injusticia, con la defensa individual como mal colectivo. Las buenas intenciones de aquellos que quieren, o dicen querer mejorar el país, flotan como las nubes, quién sabe si generarán una tormenta algún día. Las armas se reproducen, las drogas proliferan, las desigualdades se incrmentan, la tensión no se corta.
Ayer por la tarde, atendiendo preocupaciones mucho menores, decidí sacar la basura. Andaba en calcetines, agarré las llaves de la casa, llamé al Doctor (mi perro) y nos decidimos a salvar la distancia que nos separaba del contenedor, aparentemente escasos diez metros desde el portón de la casa. Desde la puerta contemplaba la carretera, frente a mí. El carril más próximo, el que baja, vacío. Nadie parecía tener interés en tomar esa dirección. El siguiente carril, a uno 4 metros de mí, el que sube, completamente congestionado. La desesperación, los viernes por la tarde, se torna resignación. Algunos escuchaban música, otros pensaban en sus obligaciones, probablemente había quien recapitulaba sus desdichas, como Zadig, o aquél que trataba de controlar su ansiedad por llegar a su primera cita. Yo simplemente era un observador que quería deshacerse de su basura y comprobar la repercusión positiva en la casa.
Había caminado dos pasos cuando una moto de montaña, que subía a toda velocidad en dirección contraria, a la par de los vehículos detenidos, presumiblemente para evitar el atasco, se detuvo junto a un carro destartalado que tendría unos veinte años, sin aire acondicionado, con el vidrio abierto, donde un hombre humilde esperaba paciente. El paquete, copiloto, segundo ocupante de la moto, se puso en pie frente a nuestro hombre, sacó un arma de color gris que llevaba escondida a la altura de los huevos, y le apuntó directamente a la cabeza. No medió palabra, no hizo falta. El tiempo se detuvo, a pesar de la celeridad con la que todo sucedió. El silencio se apoderó de la escena; no había más vehículos, más transito, más motores, más voces, callaron los camiones, desapareció el humo, sólo podía ver la pistola, en primer plano, con un zoom de 300, y la cara del hombre que entendía. La escena se limitaba a primeros planos. Ahora sólo atendía la mano de nuestro protagonista, que se hundía en su pantalón para reaparecer, con una cartera ordinaria, probablemente cargada de documentos y recuerdos ya perdidos, que se extendía vencida hacia el victimario. Éste tomó la cartera, la guardó, guardó también la pistola, saltó a la moto, que se encontraba a escasos 4 metros de mí y giró 180 grados, hasta pasarme casi por encima. Mi vista, obsesionada en primeros planos, había perdido al Doctor. En ese momento, el grito de "Ven aquí" que proferí para asegurarme de que no atropellaban al perro capturó la atención de los dos motoristas, que me miraron fijamente, probablemente durante una milésima de segundo. Nuevamente el tiempo se detuvo, pero esta vez el ruidoso motor que aceleraba con estrépito me devolvió rápidamente a la realidad.
Todavía puedo respirar esa tarde de viernes.
Es un país bello; el gran desconocido, con sus rincones, con su magia, con su legado de la guerra, con sus secretos, con la perpetuación de la injusticia, con la defensa individual como mal colectivo. Las buenas intenciones de aquellos que quieren, o dicen querer mejorar el país, flotan como las nubes, quién sabe si generarán una tormenta algún día. Las armas se reproducen, las drogas proliferan, las desigualdades se incrmentan, la tensión no se corta.
Ayer por la tarde, atendiendo preocupaciones mucho menores, decidí sacar la basura. Andaba en calcetines, agarré las llaves de la casa, llamé al Doctor (mi perro) y nos decidimos a salvar la distancia que nos separaba del contenedor, aparentemente escasos diez metros desde el portón de la casa. Desde la puerta contemplaba la carretera, frente a mí. El carril más próximo, el que baja, vacío. Nadie parecía tener interés en tomar esa dirección. El siguiente carril, a uno 4 metros de mí, el que sube, completamente congestionado. La desesperación, los viernes por la tarde, se torna resignación. Algunos escuchaban música, otros pensaban en sus obligaciones, probablemente había quien recapitulaba sus desdichas, como Zadig, o aquél que trataba de controlar su ansiedad por llegar a su primera cita. Yo simplemente era un observador que quería deshacerse de su basura y comprobar la repercusión positiva en la casa.
Había caminado dos pasos cuando una moto de montaña, que subía a toda velocidad en dirección contraria, a la par de los vehículos detenidos, presumiblemente para evitar el atasco, se detuvo junto a un carro destartalado que tendría unos veinte años, sin aire acondicionado, con el vidrio abierto, donde un hombre humilde esperaba paciente. El paquete, copiloto, segundo ocupante de la moto, se puso en pie frente a nuestro hombre, sacó un arma de color gris que llevaba escondida a la altura de los huevos, y le apuntó directamente a la cabeza. No medió palabra, no hizo falta. El tiempo se detuvo, a pesar de la celeridad con la que todo sucedió. El silencio se apoderó de la escena; no había más vehículos, más transito, más motores, más voces, callaron los camiones, desapareció el humo, sólo podía ver la pistola, en primer plano, con un zoom de 300, y la cara del hombre que entendía. La escena se limitaba a primeros planos. Ahora sólo atendía la mano de nuestro protagonista, que se hundía en su pantalón para reaparecer, con una cartera ordinaria, probablemente cargada de documentos y recuerdos ya perdidos, que se extendía vencida hacia el victimario. Éste tomó la cartera, la guardó, guardó también la pistola, saltó a la moto, que se encontraba a escasos 4 metros de mí y giró 180 grados, hasta pasarme casi por encima. Mi vista, obsesionada en primeros planos, había perdido al Doctor. En ese momento, el grito de "Ven aquí" que proferí para asegurarme de que no atropellaban al perro capturó la atención de los dos motoristas, que me miraron fijamente, probablemente durante una milésima de segundo. Nuevamente el tiempo se detuvo, pero esta vez el ruidoso motor que aceleraba con estrépito me devolvió rápidamente a la realidad.
Todavía puedo respirar esa tarde de viernes.
miércoles, 27 de febrero de 2008
El culo de una arquitecta
Lo cierto es que tenía varias ideas que compartir; no sé dónde se me escondieron. Como saben, suelo publicar escritos propios, pero me llegó un correo tan bueno el día de hoy, que me parecería una injusticia y un acto de deseleal egoísmo no compartirlo.
El culo de una arquitecta
por Pedro Mairal
(publicado en Colombia, en la revista Soho, en febrero de 2008)
No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido de las modelos flacas. A mí me gustan grandes, hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que sobresale y se autosustenta como un milagro de ingeniería. El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompa viva y prodigiosa.
Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que en realidad son una intelectualización.
Las tetas son renacentistas, pero el culo es primitivo, neanderthaliano. Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro costado más bestial: el del acoplamiento en cuatro patas. Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El culo, en
cambio, es lírico, musical, cadencioso, indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema.
Porque el culo siempre se aleja, siempre se va yendo, invitando a que lo sigan. Se mueve en dirección contraria de las tetas que siempre vienen y por eso suelen ser alarmantes, amenazadoras, casi bélicas (me acuerdo de las tetas de Afrodita, la novia de Mazinger Z, que se disparaban como dos misiles). Las tetas
confrontan, el culo huye, es elegía de sí mismo, se va yendo como la vida misma y deja tristes a los hombres pensando qué cosa más linda, más llena de gracia aquella morena que viene y que pasa con dulce balance camino del mar.
Las mujeres argentinas tienen orto, las colombianas jopo, las brasileras bunda, las mexicanas bote, las peruanas tarro, las cubanas nevera o fambeco, las chilenas tienen poto. O mejor dicho, las chilenas no tienen poto, según mis amigos transandinos que se quejan de esa falta y quedan asombrados cuando viajan por Latinoamérica. Yo mismo casi me encadeno a la muralla del Baluarte de San Francisco en el último Hay Festival de Cartagena de Indias para no tener que volver y poder seguir admirando el desfile incesante de cartageneras o barranquilleras cuyos culos altaneros merecían no este breve artículo sino un tratado enciclopédico o un poemario como el Canto General.
De las cosas que hacen las mujeres por su culo, la que más ternura me da es cuando lo acercan a la estufa para calentarlo. No lo pueden evitar. Pasan frente a una chimenea o un radiador y acercan el culo, lo empollan un rato. El culo es la parte más fría de una mujer. Siempre sorprende al tacto esa temperatura, el
frescor del cachete en el primer encuentro con la mano.
Durante el abrazo, se puede llegar a los cachetes de dos maneras. Una es desde arriba, si la mujer tiene puesto un pantalón, pero es dificultoso y lo ajustado de la tela impide la maniobra y la palmada vital. La otra forma es desde abajo y eso es lo mejor, cuando se alcanza el culo levantando de a poco el vestido, por los muslos, y de pronto se llega a esas órbitas gemelas, esa abundancia a manos llenas. En ese instante se siente que las manos no fueron hechas para ninguna otra cosa más que palpar esa felicidad, para sentir con todos los músculos del cuerpo la blanda gravitación, el peso exacto de la redondez terrestre.
Se suele pensar que, en el sexo, la posición de perrito somete a la mujer. Pero hay que decir que abordar por detrás a una mujer de ancas poderosas puede ser todo lo contrario: es como acoplarse a una locomotora, como engancharse en la fuerza de la vida, hay que seguirla, no es fácil, uno queda subordinado a su energía, hay que trabajar, darle mucha bomba, carbón para la máquina. Es uno el
que queda sometido a su gran expectativa, absorto, subyugado, vaciándose para siempre en la doble esfera viva de esa mantis religiosa.
Una vez vi un hombre de unos 45 años dando vueltas al parque, corriendo tras su personal trainer. Lo curioso es que era una personal trainer, y las calzas azules de esta profesora de gimnasia evidenciaban que tenía un doctorado en glúteos. Como el burro tras la zanahoria, el hombre corría tras ella sin pensar en nada más que ese seguimiento personal. No me sorprendería que a la media hora
hubiera un grupo de corredores trotando detrás, en caravana. La música de los culos es la del flautista de Hamelin. Los hombres, con su legión de ratones, van tras ella, hipnotizados.
Las mujeres saben aprovechar sus recursos. Yo trabajé en una empresa en el mismo piso que una arquitecta narigona (esas narigonas sexys) y con un "tremendo fambeco". Ella sabía que era su mejor ángulo y lo hacía valer, con unos pantalones ajustados que dejaban todo temblando. Era una de esas oficinas cuadradas, llenas de líneas rectas: el almanaque cuadriculado, la tabla
rectangular del escritorio, la ventana, los estantes, las carpetas de archivos. Un lugar irrespirable de no ser por el culo de la arquitecta que a veces pasaba camino a tesorería o a la fotocopiadora. Su culo era lo único redondo en todo este edificio de oficinas. Lo único vivo yo creo. Nunca intenté nada (se decía que tenía un novio), pero en una época yo pensaba escribir una novela con los acoplamientos heroicos que imaginé con ella. Una novela que iba a titular, con un guiño a Greenaway, "El culo de una arquitecta".
No escribí ni dos líneas de esa novela, pero sí algunos poemas que ella nunca leyó. Me acuerdo que la veía antes de verla, la intuía en un ritmo particular que tenía el sonido de sus pasos, un peso, un roce de la cara interna de sus muslos de falsa mulata. Cuando aparecía en el rabillo de mi ojo, ya sabía plenamente que se trataba de ella. Y pasaba y todo se detenía un instante, el memo, el mail, la voz en el teléfono, todo se curvaba de pronto, no había más
rectas, todo se ovalaba, se abombaba, y el corazón del oficinista medio quedaba bailando. No exagero.
Además era plena crisis del 2002. Todo se derrumbaba, caían los ministros, los presidentes, caía la economía, la moneda, la bolsa, caía el gran telón pintado del primer mundo, caía la moral, el ingreso per cápita, todo caía, salvo el culo de la arquitecta que parecía subir y subir, cada vez más vivaracho, más mordible, más esférico, más encabritado en su oscilación por los corredores,
pasando en un meneo vanidoso que parecía ir diciendo no, mirame pero no, seguime pero no, dedicame poemas pero no. Ojalá ella llegue a leer esto algún día y se entere del bien que me hizo durante esos dos años con solo ser parte de mi día laborable pasando con tanta gracia frente al mono de mi hormona.
Y ojalá se entere también que, cuando me echaron, lo único que lamenté fue dejar de verla desfilar por los pasillos respingando el durazno gigante de su culo soñado.
El culo de una arquitecta
por Pedro Mairal
(publicado en Colombia, en la revista Soho, en febrero de 2008)
No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido de las modelos flacas. A mí me gustan grandes, hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que sobresale y se autosustenta como un milagro de ingeniería. El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompa viva y prodigiosa.
Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que en realidad son una intelectualización.
Las tetas son renacentistas, pero el culo es primitivo, neanderthaliano. Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro costado más bestial: el del acoplamiento en cuatro patas. Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El culo, en
cambio, es lírico, musical, cadencioso, indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema.
Porque el culo siempre se aleja, siempre se va yendo, invitando a que lo sigan. Se mueve en dirección contraria de las tetas que siempre vienen y por eso suelen ser alarmantes, amenazadoras, casi bélicas (me acuerdo de las tetas de Afrodita, la novia de Mazinger Z, que se disparaban como dos misiles). Las tetas
confrontan, el culo huye, es elegía de sí mismo, se va yendo como la vida misma y deja tristes a los hombres pensando qué cosa más linda, más llena de gracia aquella morena que viene y que pasa con dulce balance camino del mar.
Las mujeres argentinas tienen orto, las colombianas jopo, las brasileras bunda, las mexicanas bote, las peruanas tarro, las cubanas nevera o fambeco, las chilenas tienen poto. O mejor dicho, las chilenas no tienen poto, según mis amigos transandinos que se quejan de esa falta y quedan asombrados cuando viajan por Latinoamérica. Yo mismo casi me encadeno a la muralla del Baluarte de San Francisco en el último Hay Festival de Cartagena de Indias para no tener que volver y poder seguir admirando el desfile incesante de cartageneras o barranquilleras cuyos culos altaneros merecían no este breve artículo sino un tratado enciclopédico o un poemario como el Canto General.
De las cosas que hacen las mujeres por su culo, la que más ternura me da es cuando lo acercan a la estufa para calentarlo. No lo pueden evitar. Pasan frente a una chimenea o un radiador y acercan el culo, lo empollan un rato. El culo es la parte más fría de una mujer. Siempre sorprende al tacto esa temperatura, el
frescor del cachete en el primer encuentro con la mano.
Durante el abrazo, se puede llegar a los cachetes de dos maneras. Una es desde arriba, si la mujer tiene puesto un pantalón, pero es dificultoso y lo ajustado de la tela impide la maniobra y la palmada vital. La otra forma es desde abajo y eso es lo mejor, cuando se alcanza el culo levantando de a poco el vestido, por los muslos, y de pronto se llega a esas órbitas gemelas, esa abundancia a manos llenas. En ese instante se siente que las manos no fueron hechas para ninguna otra cosa más que palpar esa felicidad, para sentir con todos los músculos del cuerpo la blanda gravitación, el peso exacto de la redondez terrestre.
Se suele pensar que, en el sexo, la posición de perrito somete a la mujer. Pero hay que decir que abordar por detrás a una mujer de ancas poderosas puede ser todo lo contrario: es como acoplarse a una locomotora, como engancharse en la fuerza de la vida, hay que seguirla, no es fácil, uno queda subordinado a su energía, hay que trabajar, darle mucha bomba, carbón para la máquina. Es uno el
que queda sometido a su gran expectativa, absorto, subyugado, vaciándose para siempre en la doble esfera viva de esa mantis religiosa.
Una vez vi un hombre de unos 45 años dando vueltas al parque, corriendo tras su personal trainer. Lo curioso es que era una personal trainer, y las calzas azules de esta profesora de gimnasia evidenciaban que tenía un doctorado en glúteos. Como el burro tras la zanahoria, el hombre corría tras ella sin pensar en nada más que ese seguimiento personal. No me sorprendería que a la media hora
hubiera un grupo de corredores trotando detrás, en caravana. La música de los culos es la del flautista de Hamelin. Los hombres, con su legión de ratones, van tras ella, hipnotizados.
Las mujeres saben aprovechar sus recursos. Yo trabajé en una empresa en el mismo piso que una arquitecta narigona (esas narigonas sexys) y con un "tremendo fambeco". Ella sabía que era su mejor ángulo y lo hacía valer, con unos pantalones ajustados que dejaban todo temblando. Era una de esas oficinas cuadradas, llenas de líneas rectas: el almanaque cuadriculado, la tabla
rectangular del escritorio, la ventana, los estantes, las carpetas de archivos. Un lugar irrespirable de no ser por el culo de la arquitecta que a veces pasaba camino a tesorería o a la fotocopiadora. Su culo era lo único redondo en todo este edificio de oficinas. Lo único vivo yo creo. Nunca intenté nada (se decía que tenía un novio), pero en una época yo pensaba escribir una novela con los acoplamientos heroicos que imaginé con ella. Una novela que iba a titular, con un guiño a Greenaway, "El culo de una arquitecta".
No escribí ni dos líneas de esa novela, pero sí algunos poemas que ella nunca leyó. Me acuerdo que la veía antes de verla, la intuía en un ritmo particular que tenía el sonido de sus pasos, un peso, un roce de la cara interna de sus muslos de falsa mulata. Cuando aparecía en el rabillo de mi ojo, ya sabía plenamente que se trataba de ella. Y pasaba y todo se detenía un instante, el memo, el mail, la voz en el teléfono, todo se curvaba de pronto, no había más
rectas, todo se ovalaba, se abombaba, y el corazón del oficinista medio quedaba bailando. No exagero.
Además era plena crisis del 2002. Todo se derrumbaba, caían los ministros, los presidentes, caía la economía, la moneda, la bolsa, caía el gran telón pintado del primer mundo, caía la moral, el ingreso per cápita, todo caía, salvo el culo de la arquitecta que parecía subir y subir, cada vez más vivaracho, más mordible, más esférico, más encabritado en su oscilación por los corredores,
pasando en un meneo vanidoso que parecía ir diciendo no, mirame pero no, seguime pero no, dedicame poemas pero no. Ojalá ella llegue a leer esto algún día y se entere del bien que me hizo durante esos dos años con solo ser parte de mi día laborable pasando con tanta gracia frente al mono de mi hormona.
Y ojalá se entere también que, cuando me echaron, lo único que lamenté fue dejar de verla desfilar por los pasillos respingando el durazno gigante de su culo soñado.
jueves, 7 de febrero de 2008
¿Será tan simple?
No, no puede ser tan simple, pero...
Hoy me asaltaba una vieja duda, acompañada de una vieja ocurrencia. Más allá del clásico cuestionamiento entre realidad y ficción, vigilia y sueño, que sigue atormentándome, me preguntaba sobre el cambio climático.
Tantos millones invertidos en energía renovable. Tantos esfuerzos, coordinación, descoordinación, intereses, verdades a medias, para acabar diciendo que lo que hay que hacer es reducir las emisiones de carbono tanto en países en desarrollo, como en países desarrollados, cuando todos sabemos que la mayor contaminación la provocan Estados Unidos y Europa. Y yo me pregunto: ¿no será posible dedicar recursos a la investigación para generar procesos que simulen la fotosíntesis?
Podemos hacer volar ni sé cuántas toneladas, podemos hacer volar el planeta entero por los aires, podemos ver fotos de planetas a millones de años luz, ¿y no podemos imitar el proceso de las plantas?
¿serviría eso para contra-restar las emisiones de gases de efecto invernadero?
Hoy me asaltaba una vieja duda, acompañada de una vieja ocurrencia. Más allá del clásico cuestionamiento entre realidad y ficción, vigilia y sueño, que sigue atormentándome, me preguntaba sobre el cambio climático.
Tantos millones invertidos en energía renovable. Tantos esfuerzos, coordinación, descoordinación, intereses, verdades a medias, para acabar diciendo que lo que hay que hacer es reducir las emisiones de carbono tanto en países en desarrollo, como en países desarrollados, cuando todos sabemos que la mayor contaminación la provocan Estados Unidos y Europa. Y yo me pregunto: ¿no será posible dedicar recursos a la investigación para generar procesos que simulen la fotosíntesis?
Podemos hacer volar ni sé cuántas toneladas, podemos hacer volar el planeta entero por los aires, podemos ver fotos de planetas a millones de años luz, ¿y no podemos imitar el proceso de las plantas?
¿serviría eso para contra-restar las emisiones de gases de efecto invernadero?
martes, 5 de febrero de 2008
Carta desde la ingenuidad de un hijo
Me pidieron que escribiera una carta, sin darme ninguna pauta: ni extensión, ni a quién debía ir dirigida, ni nada que pudiera orientarme. Así que si, por el motivo que fuere, sientes próximas estas líneas o te identificas con ellas, si despiertan tu atención o un sentimiento de cualquier tipo, esta carta puede también ir dirigida a ti pero creo que, sobre todo, va dirigida a mí mismo.
Los seres humanos tenemos ciertas capacidades, podemos aguatar hasta determinado punto. Una vez alcanzado éste, nos damos cuenta de que hay personas a las que se les puede pedir más aún y otras a las que no hace falta pedírselo, porque de ellas sale regalárnoslo.
Yo lo he visto, lo he sentido, lo he vivido. He podido observar cómo una persona es capaz de aguantar ocho horas en el trabajo y aún dos más, y cuando parece que diez son muchas, se prolongan a doce y, visto que la carga es asumible, la jornada laboral computa catorce horas, de lunes a domingo. Pero, ¿de qué me extraño? No es tan raro… Aún se le pueden robar diez horas al día, para descansar.
O, tal vez, para preparar la cena de esa noche y la comida del día siguiente, para los niños, para tratar de ver cómo han ido las cosas en la ikastola –colegio-, arreglar problemas con los profesores, coser un parche en los pantalones y otro en la vida, día sí y día también, poner la mesa, recogerla, limpiar la ropa, la casa, acostar a los niños, mediar en sus discusiones y peleas, sonreír, descansar, cada día menos. Es entonces, después de años y más años, cuando un pequeño suspiro, casi imperceptible, que clama a gritos un “no puedo más”, se escapa de la boca de una mujer y uno se percata de que se trata de “la amá” –madre-, no de una mula, y es en ese momento cuando uno se sonroja, se avergüenza, por no haberse dado cuenta antes.
“La vida de uno no es lo que sucedió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda”, comienza Vivir para contarlo, la autobiografía de Gabriel García Márquez. Suscribo totalmente esta frase. Era yo un niño de nueve años, un tanto desconcertado, de pie ante un señor en cuclillas que me agarraba cariñosamente de los brazos, al tiempo que sus ojos, de mirar sosegado, tranquilizaban a los míos. “Pero Ayayi, ¿no te acordás de que cuando tenías seis años te contamos que la amá y yo nos divorciamos?”. Ese señor era el aitá, mi padre. Lo cierto es que yo no recordaba nada de eso, pero nunca me olvidaría de lo que acababa de ocurrir. Ignoro si le debo ese recuerdo a la memoria selectiva o quizás, a que con seis años uno no es consciente del significado del divorcio. El aitá era director de exportaciones, por lo que yo estaba acostumbrado a no verlo todos los días. Era habitual que estuviera fuera y recuerdo interminables horas en el balcón de casa, el día que se suponía que regresaba de viaje. Probablemente cada vez lo fuimos viendo menos. Al comienzo vivía en San Sebastián, después en Madrid, más tarde en el Puerto de Santa María, hasta que terminó regresando a Buenos Aires, con el ánimo de dar respuesta a un sentimiento de desarraigo que no podría desaparecer ya nunca.
Todo esto, desde luego que tendía unas consecuencias directas para mi hermano y para mí, pero quien más tuvo que soportar la carga física de esta situación, fue la amá. El hecho de provenir de Euskadi, en los tiempos en los que a ella le tocó vivir, imponía ciertas particularidades. En primer lugar, una familia racista. No es lo mismo casarse con un vasco, que con alguna persona de otro lugar. Pero ni qué decir tiene, que un sudaca, ni siquiera puede jugar en esta liga. Sumémosle además el desprestigio del divorcio. Y, ya que estamos, dos hijos que no son precisamente dos ángeles. “La vida es aquello que nos sucede, mientras nos empeñamos en hacer otros planes”, escribiría John Marshall Lenon. No sé si la amá tendría algún plan claramente trazado, pero apuesto a que no era éste. Sin embargo, con el cariño de los que tenía cerca y, sobre todo, con una fuerza que no creo que nadie llegue a saber nunca de dónde sale, siguió adelante. Hubo días duros, de tristeza, diferentes cortes de pelo, ceniceros que se llenaban de colillas y humo, mucho humo. No todas las decisiones fueron acertadas. En ocasiones, el agotamiento y malestar del trabajo, se colaban en casa. Por supuesto que hubo pequeñeces que, por ser la gota que colma el vaso, se exageraron sin medida. Hubo enfrentamientos, tal vez con el ánimo que tiene un niño de encontrarse a sí mismo y, al final, siempre, el cobijo de una madre eternamente preocupada por sus pequeños.
Esta carta que, sin pretenderlo, se está convirtiendo en un homenaje a la amá, es el relato de un hijo que ha crecido, como bien titularía Neruda en un bellísimo libro editado con fotografías en blanco y negro, en la ausencia; “Retrato de la Ausencia”. Porque, por mucho que la amá lo pretendiera, ella no podía, ni puede, hacer de padre y de madre al mismo tiempo; puede hacer de la mejor madre que un hijo podría soñar, pero sólo eso. Y, ese “sólo”, no viene a representar poco, sino único. Nadie podrá nunca sustituir la figura del aitá.
Mi hermano y yo tuvimos que aprender a sobrevivir. Desde muy temprano comencé a equivocar mi camino. Ante la infinidad de horas que pasaba la amá en el trabajo y la espera de que el aitá llegara de su próximo viaje, no sé aún por qué, consideré que mi hermano pequeño necesitaba que alguien le marcara el camino. Por supuesto que no tenía yo conocimientos para decidir qué era correcto y qué no, de modo que me limité a imponer mi poco acertado criterio. Muchas serían las veces en que Víctor me recriminaría que yo no era su padre, y muchas más las ocasiones en que trataríamos de acertar cuál sería la respuesta adecuada y qué habrían hecho nuestros padres ante tal o cual problema. Y así fueron pasando los años.
Si la amá representa vitalidad, fuerza, el aitá representa sabiduría, conocimiento. Es cierto que muchas veces no “estuvo ahí”, aunque le habría encantado, pero yo siempre lo llevé en mi corazón, y lo sigo llevando. Creo que la amá tuvo y sigue teniendo la sensación de habernos criado ella sola y, aunque lo intento, sé que no soy capaz de sentir la crudeza de esa situación. Sin embargo, no fue así. El aitá, con su ausencia, con el inequívoco peso que la escasez otorga a sus palabras, dejó impresa en mí cada una de sus lecciones. Una de ellas, recurrente a lo largo de mi vida, dice que ser héroe una sola vez, es fácil, cualquiera lo puede hacer; lo difícil es ser héroe todos los días. Por eso admiro tanto a la amá.
Los seres humanos tenemos ciertas capacidades, podemos aguatar hasta determinado punto. Una vez alcanzado éste, nos damos cuenta de que hay personas a las que se les puede pedir más aún y otras a las que no hace falta pedírselo, porque de ellas sale regalárnoslo.
Yo lo he visto, lo he sentido, lo he vivido. He podido observar cómo una persona es capaz de aguantar ocho horas en el trabajo y aún dos más, y cuando parece que diez son muchas, se prolongan a doce y, visto que la carga es asumible, la jornada laboral computa catorce horas, de lunes a domingo. Pero, ¿de qué me extraño? No es tan raro… Aún se le pueden robar diez horas al día, para descansar.
O, tal vez, para preparar la cena de esa noche y la comida del día siguiente, para los niños, para tratar de ver cómo han ido las cosas en la ikastola –colegio-, arreglar problemas con los profesores, coser un parche en los pantalones y otro en la vida, día sí y día también, poner la mesa, recogerla, limpiar la ropa, la casa, acostar a los niños, mediar en sus discusiones y peleas, sonreír, descansar, cada día menos. Es entonces, después de años y más años, cuando un pequeño suspiro, casi imperceptible, que clama a gritos un “no puedo más”, se escapa de la boca de una mujer y uno se percata de que se trata de “la amá” –madre-, no de una mula, y es en ese momento cuando uno se sonroja, se avergüenza, por no haberse dado cuenta antes.
“La vida de uno no es lo que sucedió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda”, comienza Vivir para contarlo, la autobiografía de Gabriel García Márquez. Suscribo totalmente esta frase. Era yo un niño de nueve años, un tanto desconcertado, de pie ante un señor en cuclillas que me agarraba cariñosamente de los brazos, al tiempo que sus ojos, de mirar sosegado, tranquilizaban a los míos. “Pero Ayayi, ¿no te acordás de que cuando tenías seis años te contamos que la amá y yo nos divorciamos?”. Ese señor era el aitá, mi padre. Lo cierto es que yo no recordaba nada de eso, pero nunca me olvidaría de lo que acababa de ocurrir. Ignoro si le debo ese recuerdo a la memoria selectiva o quizás, a que con seis años uno no es consciente del significado del divorcio. El aitá era director de exportaciones, por lo que yo estaba acostumbrado a no verlo todos los días. Era habitual que estuviera fuera y recuerdo interminables horas en el balcón de casa, el día que se suponía que regresaba de viaje. Probablemente cada vez lo fuimos viendo menos. Al comienzo vivía en San Sebastián, después en Madrid, más tarde en el Puerto de Santa María, hasta que terminó regresando a Buenos Aires, con el ánimo de dar respuesta a un sentimiento de desarraigo que no podría desaparecer ya nunca.
Todo esto, desde luego que tendía unas consecuencias directas para mi hermano y para mí, pero quien más tuvo que soportar la carga física de esta situación, fue la amá. El hecho de provenir de Euskadi, en los tiempos en los que a ella le tocó vivir, imponía ciertas particularidades. En primer lugar, una familia racista. No es lo mismo casarse con un vasco, que con alguna persona de otro lugar. Pero ni qué decir tiene, que un sudaca, ni siquiera puede jugar en esta liga. Sumémosle además el desprestigio del divorcio. Y, ya que estamos, dos hijos que no son precisamente dos ángeles. “La vida es aquello que nos sucede, mientras nos empeñamos en hacer otros planes”, escribiría John Marshall Lenon. No sé si la amá tendría algún plan claramente trazado, pero apuesto a que no era éste. Sin embargo, con el cariño de los que tenía cerca y, sobre todo, con una fuerza que no creo que nadie llegue a saber nunca de dónde sale, siguió adelante. Hubo días duros, de tristeza, diferentes cortes de pelo, ceniceros que se llenaban de colillas y humo, mucho humo. No todas las decisiones fueron acertadas. En ocasiones, el agotamiento y malestar del trabajo, se colaban en casa. Por supuesto que hubo pequeñeces que, por ser la gota que colma el vaso, se exageraron sin medida. Hubo enfrentamientos, tal vez con el ánimo que tiene un niño de encontrarse a sí mismo y, al final, siempre, el cobijo de una madre eternamente preocupada por sus pequeños.
Esta carta que, sin pretenderlo, se está convirtiendo en un homenaje a la amá, es el relato de un hijo que ha crecido, como bien titularía Neruda en un bellísimo libro editado con fotografías en blanco y negro, en la ausencia; “Retrato de la Ausencia”. Porque, por mucho que la amá lo pretendiera, ella no podía, ni puede, hacer de padre y de madre al mismo tiempo; puede hacer de la mejor madre que un hijo podría soñar, pero sólo eso. Y, ese “sólo”, no viene a representar poco, sino único. Nadie podrá nunca sustituir la figura del aitá.
Mi hermano y yo tuvimos que aprender a sobrevivir. Desde muy temprano comencé a equivocar mi camino. Ante la infinidad de horas que pasaba la amá en el trabajo y la espera de que el aitá llegara de su próximo viaje, no sé aún por qué, consideré que mi hermano pequeño necesitaba que alguien le marcara el camino. Por supuesto que no tenía yo conocimientos para decidir qué era correcto y qué no, de modo que me limité a imponer mi poco acertado criterio. Muchas serían las veces en que Víctor me recriminaría que yo no era su padre, y muchas más las ocasiones en que trataríamos de acertar cuál sería la respuesta adecuada y qué habrían hecho nuestros padres ante tal o cual problema. Y así fueron pasando los años.
Si la amá representa vitalidad, fuerza, el aitá representa sabiduría, conocimiento. Es cierto que muchas veces no “estuvo ahí”, aunque le habría encantado, pero yo siempre lo llevé en mi corazón, y lo sigo llevando. Creo que la amá tuvo y sigue teniendo la sensación de habernos criado ella sola y, aunque lo intento, sé que no soy capaz de sentir la crudeza de esa situación. Sin embargo, no fue así. El aitá, con su ausencia, con el inequívoco peso que la escasez otorga a sus palabras, dejó impresa en mí cada una de sus lecciones. Una de ellas, recurrente a lo largo de mi vida, dice que ser héroe una sola vez, es fácil, cualquiera lo puede hacer; lo difícil es ser héroe todos los días. Por eso admiro tanto a la amá.
jueves, 17 de enero de 2008
La octava maravilla
Las manos que dibujan la existencia son muchas y dispares. La mano por excelencia, la que en su día creó las siete maravillas del mundo antiguo, la que, con certeza, dio origen a las montañas de heno que se alzan taciturnas junto a lagos y océanos en la irregular orografía de Río, la que hoy dibuja mis sueños en una realidad que contemplo con devota admiración, comenzó, hace veintiocho años, con un trazo sencillo. Un semicírculo era el inicio de una de esas creaciones que son recordadas por los siglos de los siglos, contempladas por los ojos de todos, envidiadas por la mayoría. El trazo proseguía, ininterrumpido; el primer semicírculo fue acompañado por otros cuatro pequeños tallos de rosa sin espinas, que servían de guía a un diminuto pie perfecto. El lápiz dibujaba un tobillo que daba origen a una pierna rosada, flexionada. El espejo de la mano izquierda de la perfección, siempre más lento, comenzó, con su labor de simetría, a dibujar la otra pierna del bebé que ya se intuía. De la creatividad, que hacía avanzar sin detener el melodioso recorrido de su mina, nació la más hermosa de las barrigas. Un hombro delicado y fuerte, femenino, era el inicio de un brazo sin defectos; el codo era algo puntiagudo, sin llegar a huesudo, simpático. La mano izquierda miró a la derecha, se estudiaron, ambas sabían lo que la otra pensaba; si el trazo seguía su camino perfecto, surgiría la duda: las manos de este bebé serían iguales a las manos que las estaban dibujando y, ¿quién sería entonces creador y quién creado? Un cuello fino, suave, sostenía con elegancia una carita redonda que el lápiz inventaba. La piel, dócil, era el pastel más dulce; los labios gorditos, tenían el gesto constante de estar enviando un beso. La nariz respingona, perfilada, daba seriedad a un mirar cálido de ojos hermosos del color de la miel. La mano que dibujaba estudió en silencio la punta del lápiz, se estudió a sí misma, a su universo; después de toda una noche de trabajo, llegó todo un día de contemplación. Estaba satisfecha. Sin embargo, día tras día, fue redibujando esta maravilla. Al ponerse el sol, borraba una línea no del todo cuidada, le añadía un milímetro, le perfeccionaba la sonrisa y, cada dos perfecciones, le aumentaba sutilmente el tamaño del corazón. Fueron pasando las puestas de sol, los meses y los años, la Diosa Creación se dio cuenta de que la niña se iba convirtiendo en mujer, de que tenía que comenzar a sugerir el pecho, delicado, redondo, de colorados pezones que despuntaran a la pasión, como despunta el alba a un nuevo día; el pubis se decoraba de bello y el calor interno se condensaría en un futuro no ya lejano para llover entre sus muslos, entre sus labios, entre jadeos y suspiros. Me fui a Egipto, visité el Nilo, las antiguas Pirámides, me detuve petrificado ante Giza. Cuando el sol se puso y la única sobreviviente de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo y yo nos quedamos frente a frente, pude observar como ésta se iba transfigurando, poco a poco. Una mano, con delicado cuidado, la acariciaba, la reinventaba. Entonces me miró y me explicó, que una maravilla se cuida cada noche, se estudia cada día, porque si no, desatendida, muere lentamente con un quejido en su boca, con un reproche. Le pregunté qué había sido de las otras seis y si no pensaba proseguir con su tarea. Me explicó lo que ya me había dicho y me hizo saber que la octava, la última, la más hermosa, me esperaba sin saberlo ella, sin saberlo yo. Es por ello, que hoy tengo, junto a mí, a la más bella persona, vestida de la más bella mujer. Cada noche la contemplo y cada mañana la admiro, sabiéndola un poco más maravillosa que ayer.
jueves, 10 de enero de 2008
Raquel
Saramago, con su genialidad, con su increíble imaginación, crea una novela cuyo título original reza "O Homem Duplicado". Curioso. A mí siempre me da la sensación de que mi realidad supera todas las ficciones que me rodean.
En esta ocasión, yo sentía que podía ser el protagonista copiado, o la copia del protagonista, con un par de salvedades. En primer lugar, la réplica no es física, es algo mucho más íntimo, soy yo, mi esencia, mi ser; la segunda, mi doble es una mujer.
La conocí hará cosa de dos años y desde el primer día percibí que la atmósfera vibraba cuando coincidíamos en un mismo espacio. Me alteraba su presencia, me inquietaba, me inquieta.
Una de aquellas primeras tardes, en la cafetería, ordené una manzanilla, algo bastante habitual en mí e inusual en la mayoría, que asocia estas hierbas con mal del estómago. A mí lado, una mujer hermosa de una estatura similar a la mía recibía su infusión al mismo tiempo: manzanilla. El ángulo de visión de más de 180 grados nos permite ver lo que sucede a nuestro lado, sin necesidad de girarnos. Sin embargo, la sorpresa me hizo moverme para confirmar que no estaba ante un espejo más esperpéntico que los de la calle del Gato; mi reflejo transfigurado en mujer, en la más bella de las mujeres, removía el azúcar que había vertido al mismo tiempo que yo, e inclinaba ligeramente la cabeza hacia la taza, para darle breves sorbos acompasados al ritmo de mis movimientos. Incluso cuando me volteé para mirarla se volteó ella de manera casi idéntica.
La conversación fue aún más curiosa que el reflejo de los movimientos. De pronto, se convirtió en un precipitado psicoanálisis, en el que ella me explicaba el por qué de mi falta de constancia y una serie de características de mi persona que en mi fuero más interno yo me reconozco y reprocho, pero ¿cómo podía ella saberlo? Inesperadamente, sin previa meditación, cuando concluyó su sorprendente alegato le espeté un: "¿por qué tratas de colocar en mí tus miedos, tus recelos, las dudas hacia tu persona?". No pudo más que sonrojarse y asentir; no pude más que aceptar mi inquietud tras mis mejillas coloradas.
Seguimos viéndonos casi a diario, pero cierto miedo por mi parte, quién sabe si por la suya, hizo que nos distanciáramos. Los días fueron conformando semanas y éstas a su vez meses. Antes de dejar de vernos, una tarde, me regaló un beso.
El trabajo, los viajes, las excusas, todo justificó una ausencia de año y medio. Estaba en casa, buscando Las Venas Abiertas de América Latina, que se lo quería regalar a un amigo, cuando se me apareció Saramago, casi provocante, preguntándome por mi hombre duplicado. La llamé. Entre caipirinha y caipirinha nos concedimos alguna confesión, hasta que todos los temores estallaron en la afirmación más esperada e insólita: "te miro a los ojos y me veo a mí misma... y eso me asusta". Lo pronunció ella del mismo modo que lo pude haber pronunciado yo. Y después, como dijera Sabina, para qué más detalles, Ya sabéis: copas, risas, excesos... Cómo van a caber tantos besos en esta narración.
El tiempo, siempre escaso, me arrastraba de su cama mientras yo me aferraba a ella. En esa batalla, perdida de antemano, su pregunta me distrajo: ¿A qué hueles?, ¿Yo? A mí... respondí, No, no hueles a eso, qué va, sentenció. La miré perplejo; ¿A qué huelo entonces? inquirí, ¿Tú? Tú hueles a mí y yo huelo a ti.
Con esas palabras que todo lo resumían, con ese mirar tan intenso, me perdí en sus ojos... o ella en los míos, nunca lo sabré. Conservo mi cuerpo de hombre y un alma de dudas. ¿Dónde se fue? ¿Dónde me quedé?
En esta ocasión, yo sentía que podía ser el protagonista copiado, o la copia del protagonista, con un par de salvedades. En primer lugar, la réplica no es física, es algo mucho más íntimo, soy yo, mi esencia, mi ser; la segunda, mi doble es una mujer.
La conocí hará cosa de dos años y desde el primer día percibí que la atmósfera vibraba cuando coincidíamos en un mismo espacio. Me alteraba su presencia, me inquietaba, me inquieta.
Una de aquellas primeras tardes, en la cafetería, ordené una manzanilla, algo bastante habitual en mí e inusual en la mayoría, que asocia estas hierbas con mal del estómago. A mí lado, una mujer hermosa de una estatura similar a la mía recibía su infusión al mismo tiempo: manzanilla. El ángulo de visión de más de 180 grados nos permite ver lo que sucede a nuestro lado, sin necesidad de girarnos. Sin embargo, la sorpresa me hizo moverme para confirmar que no estaba ante un espejo más esperpéntico que los de la calle del Gato; mi reflejo transfigurado en mujer, en la más bella de las mujeres, removía el azúcar que había vertido al mismo tiempo que yo, e inclinaba ligeramente la cabeza hacia la taza, para darle breves sorbos acompasados al ritmo de mis movimientos. Incluso cuando me volteé para mirarla se volteó ella de manera casi idéntica.
La conversación fue aún más curiosa que el reflejo de los movimientos. De pronto, se convirtió en un precipitado psicoanálisis, en el que ella me explicaba el por qué de mi falta de constancia y una serie de características de mi persona que en mi fuero más interno yo me reconozco y reprocho, pero ¿cómo podía ella saberlo? Inesperadamente, sin previa meditación, cuando concluyó su sorprendente alegato le espeté un: "¿por qué tratas de colocar en mí tus miedos, tus recelos, las dudas hacia tu persona?". No pudo más que sonrojarse y asentir; no pude más que aceptar mi inquietud tras mis mejillas coloradas.
Seguimos viéndonos casi a diario, pero cierto miedo por mi parte, quién sabe si por la suya, hizo que nos distanciáramos. Los días fueron conformando semanas y éstas a su vez meses. Antes de dejar de vernos, una tarde, me regaló un beso.
El trabajo, los viajes, las excusas, todo justificó una ausencia de año y medio. Estaba en casa, buscando Las Venas Abiertas de América Latina, que se lo quería regalar a un amigo, cuando se me apareció Saramago, casi provocante, preguntándome por mi hombre duplicado. La llamé. Entre caipirinha y caipirinha nos concedimos alguna confesión, hasta que todos los temores estallaron en la afirmación más esperada e insólita: "te miro a los ojos y me veo a mí misma... y eso me asusta". Lo pronunció ella del mismo modo que lo pude haber pronunciado yo. Y después, como dijera Sabina, para qué más detalles, Ya sabéis: copas, risas, excesos... Cómo van a caber tantos besos en esta narración.
El tiempo, siempre escaso, me arrastraba de su cama mientras yo me aferraba a ella. En esa batalla, perdida de antemano, su pregunta me distrajo: ¿A qué hueles?, ¿Yo? A mí... respondí, No, no hueles a eso, qué va, sentenció. La miré perplejo; ¿A qué huelo entonces? inquirí, ¿Tú? Tú hueles a mí y yo huelo a ti.
Con esas palabras que todo lo resumían, con ese mirar tan intenso, me perdí en sus ojos... o ella en los míos, nunca lo sabré. Conservo mi cuerpo de hombre y un alma de dudas. ¿Dónde se fue? ¿Dónde me quedé?
De cuando retrocedí catorce años en tres semanas
Aquella madrugada un amigo de la infancia me fulminó con una de las peores noticias que me podía dar, motivo por el cual, su segundo anuncio no lo asimilé hasta varias semanas más tarde: "vamos a organizar una cena de octavo de egb el 22".
Las casualidades de la vida, si es que existen, quisieron que yo anduviera de regreso por esa época, de modo que confirmé mi asistencia a tan pintoresco evento. Tenía plena conciencia de que hacía catorce años que no veía a varias de aquellas personas. ¿Cómo estarían? ¿Qué habría sido de ellas?
Me asaltó una duda: ¿No será como esos encuentros de las películas yankees en los que la gente empieza a presumir de sus logros? La idea me atormentaba. Decidí olvidar el asunto.
Era 21, me encontraba en compañía de mis mejores amigos, de pintxos por San Sebastían, el día de Santo Tomás. ¿Qué más podía pedir? La mejor compañía, el mejor día en mi mejor ciudad, el más bello de los sueños siendo vivido de forma consciente. A media tarde, entre txakoli y txakoli, nos encontramos con Ana y Ane, dos chicas de EGB a las que veríamos al día siguiente. Estuvimos hablando algunos minutos que a mí me parecieron horas y la conversación concluyó cuando Ana, tras hablar de la cena y demás, se dirigió a mí para preguntarme: ¿Pero tú ibas en mi clase?
¿Cómo que si YO iba en SU clase? No sólo me había borrado once años de historia (además de compartir egb, fuimos a la misma clase en Parvulitos) sino que además se apoderaba de la clase, SU clase. Se acordaba de los otros tres que pasaron con nosotros de párvulos a egb; ander, iker, mikel y a mí me había condenado al olvido.
Lo cierto es que no era un gran drama, no se trataba de alguien que importara en exceso, creo que la he visto en tres ocasiones en los últimos catorce años, pero no acordarse en absoluto...
Era día 22, quedé con Laura (mi mejor amiga) en el barrio para ir a la cena. Pensé que la moto no arrancaría, pero no lo pude comprobar, ya que no encontré las llaves. Nos acercaron en coche, llegamos relativamente temprano, en el momento ideal: ni estaban todos, ni éramos los primeros. Lo cierto es que no había reparado en la importancia del asunto hasta que comenzaron las conversaciones.
Tras saludar a los que ya estaban, empezamos a hablar sobre cualquier cosa. Como era lógico, la conversación se centró en la propia cena. Confesé que tuve una mezcla de sentimientos cuando pensé en asistir: por un lado, la curiosidad por saber qué habría sido de la gente; por otro, el pánico de encontrarme con todas aquellas personas que hacía tantos años me conocieron cuando aún era bastante vulnerable y no me había conformado como persona; por último, el morbo de todo esto. Al pronunciar estas ideas de forma tan abierta y despreocupada, di pie a que la gente empezará a confesar sus miedos. Miedo a asistir solos, por lo que algunos habían quedado en parejas para venir acompañados después de que algunas cervezas les ayudaran a envalentonarse, el terror que alguna sentía a ser la primera y tener que esperar, el horror que le producía a otro ser el último y tener que enfrentarse solo ante toda la clase...
Estas primeras charlas me hicieron comprender que ya habían pasado catorce años, que mucha tontería había quedado atrás, que, a nuestra manera, habíamos madurado en cierta medida y no necesitábamos seguir escudándonos tras una apariencia fingida para pasar lo más desapercibido posibles. La cena fue sorprendentemente bien; todos terminamos alegres, con algo de hambre, y muchos de nosotros algo bebidos. Como ya viene siendo habitual, no había autobuses, la parada de los taxis estaba a rebosar y nos tocó la caminata de hora y pico de regreso a casa. A mitad de camino a Laura no se le ocurrió nada mejor que esperar en la parada del bus, hecho que por supuesto produjo que yo me quedara frito en la marquesina y ella cagada de frío hasta que logró despertarme; no tuvo mayor consecuencia que la de sumar media hora más al tiempo que separa la fiesta en la parte vieja del reposo en el calor del hogar.
Llegamos a casa y había que cenar-desayunar algo, era imperativo. Laura se puso a calentar el pollo y yo me recliné en el banco de la cocina. Todavía alcancé a ver cómo lo colocaba en la mesa, antes de perder mi batalla con el sueño. Trató de despertarme nuevamente, pero esta vez desistió. Ya era demasiado para una noche. Me figuro que se despediría cariñosa, con un muxu, y se iría a tratar de descansar. Lo siguiente que recuerdo es que la amona (abuela) me despertó en la cocina y me sugirió dulcemente que quizás estaría más cómodo en la cama. Me incorporé, con la memoria fresca en la última imagen antes de caer dormido, observé el vacío en la mesa y todo cuanto pude pronunciar fue: ¿dónde está mi pollo?
La amona lo volvió a colocar en su lugar, entre risotadas, frío esta vez para que me lo pudiera comer antes de desfallecer.
Las casualidades de la vida, si es que existen, quisieron que yo anduviera de regreso por esa época, de modo que confirmé mi asistencia a tan pintoresco evento. Tenía plena conciencia de que hacía catorce años que no veía a varias de aquellas personas. ¿Cómo estarían? ¿Qué habría sido de ellas?
Me asaltó una duda: ¿No será como esos encuentros de las películas yankees en los que la gente empieza a presumir de sus logros? La idea me atormentaba. Decidí olvidar el asunto.
Era 21, me encontraba en compañía de mis mejores amigos, de pintxos por San Sebastían, el día de Santo Tomás. ¿Qué más podía pedir? La mejor compañía, el mejor día en mi mejor ciudad, el más bello de los sueños siendo vivido de forma consciente. A media tarde, entre txakoli y txakoli, nos encontramos con Ana y Ane, dos chicas de EGB a las que veríamos al día siguiente. Estuvimos hablando algunos minutos que a mí me parecieron horas y la conversación concluyó cuando Ana, tras hablar de la cena y demás, se dirigió a mí para preguntarme: ¿Pero tú ibas en mi clase?
¿Cómo que si YO iba en SU clase? No sólo me había borrado once años de historia (además de compartir egb, fuimos a la misma clase en Parvulitos) sino que además se apoderaba de la clase, SU clase. Se acordaba de los otros tres que pasaron con nosotros de párvulos a egb; ander, iker, mikel y a mí me había condenado al olvido.
Lo cierto es que no era un gran drama, no se trataba de alguien que importara en exceso, creo que la he visto en tres ocasiones en los últimos catorce años, pero no acordarse en absoluto...
Era día 22, quedé con Laura (mi mejor amiga) en el barrio para ir a la cena. Pensé que la moto no arrancaría, pero no lo pude comprobar, ya que no encontré las llaves. Nos acercaron en coche, llegamos relativamente temprano, en el momento ideal: ni estaban todos, ni éramos los primeros. Lo cierto es que no había reparado en la importancia del asunto hasta que comenzaron las conversaciones.
Tras saludar a los que ya estaban, empezamos a hablar sobre cualquier cosa. Como era lógico, la conversación se centró en la propia cena. Confesé que tuve una mezcla de sentimientos cuando pensé en asistir: por un lado, la curiosidad por saber qué habría sido de la gente; por otro, el pánico de encontrarme con todas aquellas personas que hacía tantos años me conocieron cuando aún era bastante vulnerable y no me había conformado como persona; por último, el morbo de todo esto. Al pronunciar estas ideas de forma tan abierta y despreocupada, di pie a que la gente empezará a confesar sus miedos. Miedo a asistir solos, por lo que algunos habían quedado en parejas para venir acompañados después de que algunas cervezas les ayudaran a envalentonarse, el terror que alguna sentía a ser la primera y tener que esperar, el horror que le producía a otro ser el último y tener que enfrentarse solo ante toda la clase...
Estas primeras charlas me hicieron comprender que ya habían pasado catorce años, que mucha tontería había quedado atrás, que, a nuestra manera, habíamos madurado en cierta medida y no necesitábamos seguir escudándonos tras una apariencia fingida para pasar lo más desapercibido posibles. La cena fue sorprendentemente bien; todos terminamos alegres, con algo de hambre, y muchos de nosotros algo bebidos. Como ya viene siendo habitual, no había autobuses, la parada de los taxis estaba a rebosar y nos tocó la caminata de hora y pico de regreso a casa. A mitad de camino a Laura no se le ocurrió nada mejor que esperar en la parada del bus, hecho que por supuesto produjo que yo me quedara frito en la marquesina y ella cagada de frío hasta que logró despertarme; no tuvo mayor consecuencia que la de sumar media hora más al tiempo que separa la fiesta en la parte vieja del reposo en el calor del hogar.
Llegamos a casa y había que cenar-desayunar algo, era imperativo. Laura se puso a calentar el pollo y yo me recliné en el banco de la cocina. Todavía alcancé a ver cómo lo colocaba en la mesa, antes de perder mi batalla con el sueño. Trató de despertarme nuevamente, pero esta vez desistió. Ya era demasiado para una noche. Me figuro que se despediría cariñosa, con un muxu, y se iría a tratar de descansar. Lo siguiente que recuerdo es que la amona (abuela) me despertó en la cocina y me sugirió dulcemente que quizás estaría más cómodo en la cama. Me incorporé, con la memoria fresca en la última imagen antes de caer dormido, observé el vacío en la mesa y todo cuanto pude pronunciar fue: ¿dónde está mi pollo?
La amona lo volvió a colocar en su lugar, entre risotadas, frío esta vez para que me lo pudiera comer antes de desfallecer.
viernes, 14 de diciembre de 2007
Desvaríos sobre la Memoria
Hoy me venía a la mente un pensamiento recurrente: ¿por qué la memoria funciona así? No me refería a los recuerdos que escondemos en el inconsciente o a aquéllos que disfrazamos para que nos complazcan a través de un pasado más digno. Siempre me ha llamado la atención por qué uno es capaz de recordar una imagen; el reloj sobre la mesilla de la cama, las llaves bajo la cómoda de la entrada, el perro sobre dos patas suplicando cariño, o de recordar un sonido; la voz de una amante susurrando en tu oído, el viento soplando inclemente, las olas rompiendo en la orilla del mar, la voz de aquella persona que te ha escrito una carta y ahora lees... y no somos capaces de recordar, de reproducir un sentimiento.
En parte tiene sentido, imagínese si hoy pudiera sentir el mismo dolor que me produjo en su día un caramelo recién hecho, hirviendo, que se me derramó en las manos y me las quemó enteras: tendría que ser un recuerdo reprimido a la fuerza ya que, de lo contrario, cada vez que éste hiciera presencia en mi mundo de pseudo-fantasía, yo tendría que tirarme al suelo entre lágrimas. Uno puede recordar que algo le dolió, pero no puede recordar el dolor. Sin embargo, la otra cara de la moneda, que es la que principalmente me ha hecho entender por qué no rememoramos un sentir, es el orgasmo. Hoy lo he visto claro. Si uno pudiera reproducir sus mejores momentos y simplemente con eso llegar a la muerte dulce, y sumamos a este hecho la condición humana por la cual uno adorna sus recuerdos hasta que satisfacen sus deseos de un pasado ideal, tendríamos que la raza humana no se perpetuaría: uno sencillamente se quedaría en casa recordando sonriente.
En parte tiene sentido, imagínese si hoy pudiera sentir el mismo dolor que me produjo en su día un caramelo recién hecho, hirviendo, que se me derramó en las manos y me las quemó enteras: tendría que ser un recuerdo reprimido a la fuerza ya que, de lo contrario, cada vez que éste hiciera presencia en mi mundo de pseudo-fantasía, yo tendría que tirarme al suelo entre lágrimas. Uno puede recordar que algo le dolió, pero no puede recordar el dolor. Sin embargo, la otra cara de la moneda, que es la que principalmente me ha hecho entender por qué no rememoramos un sentir, es el orgasmo. Hoy lo he visto claro. Si uno pudiera reproducir sus mejores momentos y simplemente con eso llegar a la muerte dulce, y sumamos a este hecho la condición humana por la cual uno adorna sus recuerdos hasta que satisfacen sus deseos de un pasado ideal, tendríamos que la raza humana no se perpetuaría: uno sencillamente se quedaría en casa recordando sonriente.
jueves, 13 de diciembre de 2007
Pachecadas para adictos
Los que me conocen bien han desarrollado cierta dependencia hacia mis pachecadas. De hecho, los que me conocen bien fueron los creadores de este término. Se refiere a una de esas actuaciones en las que uno va tomando una decisión rídicula tras otra, hasta que obtiene el resultado más improbable de entre los improbables.
Voy a comenzar por la más breve y menos interesante: Carro en venta.
Tengo un coche de la marca Isuzu Rodeo, que ha sido sustituido por una Mitsubishi Montero que acabo de comprar. Por lo tanto, me veo en la necesidad de vender la Rodeo, que ha sido una gran compañera de fatigas en este primer año en El Salvador. Hará cosa de cuatro días que agarré betún blanco para zapatos y le planté en la luna trasera un S/V 78152010 que es como uno vende aquí los carros. Esto lo hice en el aparcamiento de la oficina, con cierta timidez de novato.
Al segundo día, en un cruce, el coche empieza a hacer algo raro, tiembla, parece que no le entraran las marchas, van bajando las revoluciones, se me cala. Es un coche automático, así que lo de calarse me desconcierta un poco. Consigo arrancarlo y llegar a la oficina. Salgo algo sorprendido, voy a trabajar y regreso al cabo de algunas horas, olvidado de la anécdota.
Cuando lo arranco nuevamente, parece no dar grandes problemas. Estoy llegando a la puerta de la salida, me encuentro con Claudia, conversamos unos minutos, nos despedimos y, cuando voy a salir del aparcamiento, temblores, revoluciones bajando, no entran las marchas, se cala. ¿Qué cojones le pasa al puto coche? Ahora que lo voy a vender empieza a fallar y se queda tirado bloqueando la puerta del aparcamiento...
Llamo a don José, mi mecánico, y le cuento mis penas. Él, que me conoce bastante bien, escucha en silencio, con atención y creo que conteniéndose la risa, hasta que, al final de mi discurso me pregunta: ¿Y tiene gasolina el coche?
Pachecada 2. De vuelta a casa después de una noche de fiesta.
Me despierto por la mañana, como a las 6, y veo que mi cuerpo se encuentra maltrecho en el sillón del salón, doblado, incómodo y dolorido. Me levanto como puedo, sin entender qué carajo hago yo en el salón vestido de traje y camisa y me encamino a mi habitación. Cuando comienzo a subir las escaleras, percibo un olor extraño que no sé de dónde viene. Me aproximo a la cocina y veo que la zona de los fuegos y el horno tiene una luz prendida. Ay ay ay. No he volado de milagro. Compruebo que no son los fuegos, sino el horno. Abro la puerta y me encuentro dos pedacitos de carbón. ¿Qué será? Por la forma y las ráfagas que llegan a mi cerebro, intuyo que dos pedacitos de pan con jamón, queso y pimientos carbonizados.
Vuelvo a subir las escaleras, meneando la cabeza en señal de reprobación a mí mismo,cuando empiezo a escuchar un pi pi pi pi pi. ¿Qué coño será eso? En fin, sigo subiendo las escaleras y me meto en la cama. El sonido no deja de molestar y bajo nuevamente, pero claro, cuando yo ando por ahí justo no suena. Resulta que pienso, será el horno, que se ha calentado demasiado, considerando que ha estado 5 horas al máximo de temperatura, y al tiempo que abro la puerta para que se enfríe pienso en la cuenta de la luz que me va a llegar. Estoy saliendo de la cocina y... pi pi pi pi... qué será, me asomo y en el micro parpadea un End end end end... ¿También el micro? Abro la puerta y me encuentro un puré de zanahoria. En ese momento caigo en la cuenta de que la noche anterior había salido, me habían dado las mil, llegué a casa, puse comida a calentar en horno y micro y me dije, en lo que se hace, voy a descansar al sofá...
Voy a comenzar por la más breve y menos interesante: Carro en venta.
Tengo un coche de la marca Isuzu Rodeo, que ha sido sustituido por una Mitsubishi Montero que acabo de comprar. Por lo tanto, me veo en la necesidad de vender la Rodeo, que ha sido una gran compañera de fatigas en este primer año en El Salvador. Hará cosa de cuatro días que agarré betún blanco para zapatos y le planté en la luna trasera un S/V 78152010 que es como uno vende aquí los carros. Esto lo hice en el aparcamiento de la oficina, con cierta timidez de novato.
Al segundo día, en un cruce, el coche empieza a hacer algo raro, tiembla, parece que no le entraran las marchas, van bajando las revoluciones, se me cala. Es un coche automático, así que lo de calarse me desconcierta un poco. Consigo arrancarlo y llegar a la oficina. Salgo algo sorprendido, voy a trabajar y regreso al cabo de algunas horas, olvidado de la anécdota.
Cuando lo arranco nuevamente, parece no dar grandes problemas. Estoy llegando a la puerta de la salida, me encuentro con Claudia, conversamos unos minutos, nos despedimos y, cuando voy a salir del aparcamiento, temblores, revoluciones bajando, no entran las marchas, se cala. ¿Qué cojones le pasa al puto coche? Ahora que lo voy a vender empieza a fallar y se queda tirado bloqueando la puerta del aparcamiento...
Llamo a don José, mi mecánico, y le cuento mis penas. Él, que me conoce bastante bien, escucha en silencio, con atención y creo que conteniéndose la risa, hasta que, al final de mi discurso me pregunta: ¿Y tiene gasolina el coche?
Pachecada 2. De vuelta a casa después de una noche de fiesta.
Me despierto por la mañana, como a las 6, y veo que mi cuerpo se encuentra maltrecho en el sillón del salón, doblado, incómodo y dolorido. Me levanto como puedo, sin entender qué carajo hago yo en el salón vestido de traje y camisa y me encamino a mi habitación. Cuando comienzo a subir las escaleras, percibo un olor extraño que no sé de dónde viene. Me aproximo a la cocina y veo que la zona de los fuegos y el horno tiene una luz prendida. Ay ay ay. No he volado de milagro. Compruebo que no son los fuegos, sino el horno. Abro la puerta y me encuentro dos pedacitos de carbón. ¿Qué será? Por la forma y las ráfagas que llegan a mi cerebro, intuyo que dos pedacitos de pan con jamón, queso y pimientos carbonizados.
Vuelvo a subir las escaleras, meneando la cabeza en señal de reprobación a mí mismo,cuando empiezo a escuchar un pi pi pi pi pi. ¿Qué coño será eso? En fin, sigo subiendo las escaleras y me meto en la cama. El sonido no deja de molestar y bajo nuevamente, pero claro, cuando yo ando por ahí justo no suena. Resulta que pienso, será el horno, que se ha calentado demasiado, considerando que ha estado 5 horas al máximo de temperatura, y al tiempo que abro la puerta para que se enfríe pienso en la cuenta de la luz que me va a llegar. Estoy saliendo de la cocina y... pi pi pi pi... qué será, me asomo y en el micro parpadea un End end end end... ¿También el micro? Abro la puerta y me encuentro un puré de zanahoria. En ese momento caigo en la cuenta de que la noche anterior había salido, me habían dado las mil, llegué a casa, puse comida a calentar en horno y micro y me dije, en lo que se hace, voy a descansar al sofá...
martes, 4 de diciembre de 2007
De paraísos, amigos y conversaciones singulares

Este que tenemos aquí es mi nuevo amigüito, el Doctor. Además de ser una hermosura y una gran compañía, es un tanto hincha pelotas, pero se lo quiere mucho. Es, en cierta medida, un generador de dependencia, ya que mi tiempo ahora se ve reducido debido a las atenciones que el Doctor requiere y merece.
Compartimos desayunos, almuerzos y cenas que, por si alguno se acuerda, hubo cierto post en el que me preguntaba si no sería eso lo que buscamos en la vida, comer acompañados. Lo cierto es que además, me limita un poco los fines de semana y demás periodos festivos, ya que tengo que ver si alguien se queda con él cuando yo pretendo viajar.
En esas andábamos la semana pasada, cuando una amiga me acompañó a comprar una caseta para el Doctor. No se sabe cómo, terminamos hablando de sexo, de preservativos, del SIDA, de enfermedades, contagios, imprudencias... Y llegamos a una conclusión evidente: no está todo inventando. Es cierto que el preservativo (depende cuál) reduce la sensibilidad, sobre todo para el hombre, cuando hablamos simplemente de penetración. Sin embargo, tampoco la diferencia es para tanto y los riesgos son aceptables. Entonces nos acordamos de unas charlas que tuvimos y de los guantes y demás inventos para permitir relaciones más seguras. Ahora bien, como decíamos, no está todo inventado. Nos paramos a pensar en una mamada (felación para los más políticamente correctos) y yo decía que la verdad es que ahí, con un preservativo, uno no siente nada. A lo que ella me regalo otra de estas grandes comparaciones que uno debe memorizar por siempre: es como si te vas a comer una paleta y no le quitas el envoltorio. Lloramos de la risa.
El caso es que por fin conseguí que me cuidaran al Doctor y fue así que pude conocer Roatan, otro pedazo de tierra que flota libre en el Caribe. Fue un fin de semana fantástico. El domingo, por circunstancias, me tocó pasarlo solo, así que agarré un botecito y me acerqué a la hermosa playa de West Bay. Llevaba conmigo un par de libros, una toalla y protección solar. Era todo cuanto llevaba, ya que siguiendo el mal consejo de un amigo, me cambié de traje de baño y la plata se quedó en el traje que dejé en la habitación. Me tiré en la orilla, acompañado por Carpentier y su fabuloso "Siglo de las Luces" y se me fueron acercando primero unos niños, con su infinita curiosidad y después unos pececillos igualmente sorprendidos por mi presencia. Los niños me preguntaban que si leía la Biblia, a lo que yo respondía que éste era otro libro de aventuras menos ancestral, pero igualmente entretenido. Uno de ellos se sentó a mi par y continuaba mi lectura, otros jugaban o se interrumpían en sus relatos. Un mocoso de un año me hacía todo tipo de preguntas ininteligibles al tiempo que llenaba vasitos de plástico de mar y arena. Él sabía que manejaba varios Caribes en sus manos y los miraba con fascinación de creador.
La sorpresa mayúscula llegó cuando pude notar que alguien me besaba los piececitos bajo el mar y no eran otros que los peces transparentes con rayas amarillas que habían ido adquiriendo confianza en las últimas horas de lectura y alboroto. Sacudí suavemente el pie, sorprendido por su acercamiento y éstos, dejando la timidez para otra ocasión, se dejaban mecer por mis leves empellones. Así fue que en un mismo día, Carpentier, los niños y los peces, un poco olvidados del Doctor, creamos un extraño vínculo que viene flotando desde el Caribe a las costas del Pacífico, donde ahora medito sobre una inusual tarde de domingo.
lunes, 5 de noviembre de 2007
De la mitología al suicidio
Aitor, como todos los niños, era un poeta. Además, llevaba el nombre del primer hombre vasco, casi contemporáneo de Adán, lo cual le confería un aura mitológica. Quizás esa fuera la razón por la que nos fascinaban tanto sus originales respuestas. Éstas, le daban un nuevo sentido a las clásicas preguntas que hacemos. Nadie sabía lo que Aitor querría ser de mayor, pero todos teníamos claro que lo que no quería era ser gente. Sin embargo, de entre sus respuestas, nunca me olvidaría de aquélla: "¿Y ya tienes novia? Sí, se llama Circe, aquí está." Lo fantástico del asunto no era que hubiera inventado una amiga-novia imaginaria, sino a quién había inventado. ¿De donde había sacado ese mocoso ese nombre? Según él, Ulises, al retornar en busca de Penélope a Ítaca, dejó olvidada a Circe en la isla de Ea y así fue que se conocieron.
Casi siempre, al recordar la Odisea, me venía Aitor a la mente, hermano pequeño de Enaut. Esta vez estaba jugando Backgammon con una amiga, hablando de literatura, de novelas de aventuras, del Antiguo Testamento concretamente y, por supuesto, no se sabe cómo, Cíclope vino a la conversación: "Y cuando te pregunten quién te ha dejado ciego, responderás que fue Ulises, hijo de Laertes, y rey de Ítaca". La partida continuó, almorazamos, reimos, discutimos. Pensamos en quiénes éramos, en el misterio de la vida. Hablamos de ser padres, de responsabilidades, de miedos. Callamos las ilusiones y los mutuos recelos y, como no podía ser de otra forma, apareció Nazim Hikmet mencionado: "Hay hombres que conocen mil variedades de hierbas, otros conocen variedades de peces, yo, de separaciones. Hay hombres que saben de memoria el nombre de cada estrella, yo, el de las nostalgias." Era tan suyo este poema, y tan mío al mismo tiempo. Era el resumen de mi vida. Cuando sentía rabia por el hecho de que otra persona me hubiera robado esa parte de mí, me acorbada de Borges, de su clásica dedicatoria a quien leyere: "Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor". Por algún motivo, aún desconozco cuál, yo era incapaz de memorizar aquel poema de Hikmet que quería regalar.
Era sábado, aproximadamente las cuatro de la mañana, regresaba de compartir penas y glorias con los amigos y sentía que algo de alimento presente mejoraría mi estado futuro. Institivamente revisé el correo. Tenía unas líneas de un amigo de la infancia que anunciaban una mala noticia. "Llámame" decía y así lo hice. "Se ha suicidado Aitor, el hermano de Enaut". No lo podía creer, se me revolvió el estómago, las lágrimas las logré contener, no así la curiosidad. Al parecer había desaparecido un par de días, lo encontró la policía hospedado en un hotel en el centro de la ciudad, pero él no quería regresar a casa. Enaut se reunió con él en la recepción. ¿Qué habría hecho cuarenta y ocho horas encerrado en un habitación de hotel de una ciudad diminuta? ¿Qué habría estado pensando? En la recepción Aitor parecía suplicar, más que afirmar, que no quería regresar a casa. Era una tonada constante que se interponía a la de su hermano, quien con una melodía idéntica rogana su regreso: "por favor, vuelve, vuelve, vuelve...". Aitor accedió. Subió por su ropa. Enaut se extrañó por la demora, subió a indagar al sexto piso, desde donde su hermano, saltó al vacío.
Desde la distancia, el dolor es distinto. Yo, acostumbrado a las despedidas, conocedor de las diversas formas y colores de las nostalgias, necesitaba ese poema de Hikmet para curar el alma. No había mucho más que pudiera hacer. Nunca se supo el motivo del suicidio, del mismo modo que nuca se supo la razón de la existencia, el fin de la vida. Tecleé "nazim hikmet despedidas" en el monopolio de los buscadores de internet y ahí estaba la autobiografía de mi otro yo. El poema lo precedían unas palabras de la autora del blog, cuya redacción me llamó la atención. Proseguí leyendo. Un anónimo publicaba aquí su despedida: "Creo que nunca dejará de ser bueno el poder dejarlo todo a tiempo, aún cuando el tiempo es otra ilusión de la ilusa existencia. Ciorán -el otro imán de mi brújula- también me lo recuerda, irse implica poder decir adiós. Aún así, es quizá el acto menos egoísta del que tenga conocimiento y experiencia. Uno se pasa la vida dejando ir. Quizás, haya llegado la hora de irse". El corazón se me detuvo: este blog pertenecía a... ¡una tal Circe! ¿Sería la novia imaginaria de Aitor?
------FIN------
pd: Enaut, si algún día encuentras estas líneas, las he escrito con todo el amor. No hay mucho más que decir, ni mucho más que callar.
Casi siempre, al recordar la Odisea, me venía Aitor a la mente, hermano pequeño de Enaut. Esta vez estaba jugando Backgammon con una amiga, hablando de literatura, de novelas de aventuras, del Antiguo Testamento concretamente y, por supuesto, no se sabe cómo, Cíclope vino a la conversación: "Y cuando te pregunten quién te ha dejado ciego, responderás que fue Ulises, hijo de Laertes, y rey de Ítaca". La partida continuó, almorazamos, reimos, discutimos. Pensamos en quiénes éramos, en el misterio de la vida. Hablamos de ser padres, de responsabilidades, de miedos. Callamos las ilusiones y los mutuos recelos y, como no podía ser de otra forma, apareció Nazim Hikmet mencionado: "Hay hombres que conocen mil variedades de hierbas, otros conocen variedades de peces, yo, de separaciones. Hay hombres que saben de memoria el nombre de cada estrella, yo, el de las nostalgias." Era tan suyo este poema, y tan mío al mismo tiempo. Era el resumen de mi vida. Cuando sentía rabia por el hecho de que otra persona me hubiera robado esa parte de mí, me acorbada de Borges, de su clásica dedicatoria a quien leyere: "Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor". Por algún motivo, aún desconozco cuál, yo era incapaz de memorizar aquel poema de Hikmet que quería regalar.
Era sábado, aproximadamente las cuatro de la mañana, regresaba de compartir penas y glorias con los amigos y sentía que algo de alimento presente mejoraría mi estado futuro. Institivamente revisé el correo. Tenía unas líneas de un amigo de la infancia que anunciaban una mala noticia. "Llámame" decía y así lo hice. "Se ha suicidado Aitor, el hermano de Enaut". No lo podía creer, se me revolvió el estómago, las lágrimas las logré contener, no así la curiosidad. Al parecer había desaparecido un par de días, lo encontró la policía hospedado en un hotel en el centro de la ciudad, pero él no quería regresar a casa. Enaut se reunió con él en la recepción. ¿Qué habría hecho cuarenta y ocho horas encerrado en un habitación de hotel de una ciudad diminuta? ¿Qué habría estado pensando? En la recepción Aitor parecía suplicar, más que afirmar, que no quería regresar a casa. Era una tonada constante que se interponía a la de su hermano, quien con una melodía idéntica rogana su regreso: "por favor, vuelve, vuelve, vuelve...". Aitor accedió. Subió por su ropa. Enaut se extrañó por la demora, subió a indagar al sexto piso, desde donde su hermano, saltó al vacío.
Desde la distancia, el dolor es distinto. Yo, acostumbrado a las despedidas, conocedor de las diversas formas y colores de las nostalgias, necesitaba ese poema de Hikmet para curar el alma. No había mucho más que pudiera hacer. Nunca se supo el motivo del suicidio, del mismo modo que nuca se supo la razón de la existencia, el fin de la vida. Tecleé "nazim hikmet despedidas" en el monopolio de los buscadores de internet y ahí estaba la autobiografía de mi otro yo. El poema lo precedían unas palabras de la autora del blog, cuya redacción me llamó la atención. Proseguí leyendo. Un anónimo publicaba aquí su despedida: "Creo que nunca dejará de ser bueno el poder dejarlo todo a tiempo, aún cuando el tiempo es otra ilusión de la ilusa existencia. Ciorán -el otro imán de mi brújula- también me lo recuerda, irse implica poder decir adiós. Aún así, es quizá el acto menos egoísta del que tenga conocimiento y experiencia. Uno se pasa la vida dejando ir. Quizás, haya llegado la hora de irse". El corazón se me detuvo: este blog pertenecía a... ¡una tal Circe! ¿Sería la novia imaginaria de Aitor?
------FIN------
pd: Enaut, si algún día encuentras estas líneas, las he escrito con todo el amor. No hay mucho más que decir, ni mucho más que callar.
lunes, 22 de octubre de 2007
después de una breve soledad, se vino el paraíso...
Y es que el mundo es extraño. El estrés me estaba atacando un ojo, que se movía como un autómata, lejos de mi control: la carga de trabajo, el sentimiento de culpa, la soledad, el sentido de la vida... Y de pronto, siguiendo ese trazo irregular que mantiene una coherencia fuera de mi capacidad de comprensión, me encuentro en el paraíso.
Por si no lo saben, el paraíso existe: es un pedazo de tierra que flota libre en el Caribe, compuesto por caracoles marinos. Los beliceños le dicen "Key Cockers", con ese inglés suyo tan particular, sin embargo, la firma reza Caye Caulker. Lo habitan todo tipo de criaturas bajo un sol abrasador que impone un ritmo aún más relajado. Tengo todo el cuerpo lleno de picaduras y
estoy quemado a trazos, pero... no cabe duda, es el paraíso en la tierra.
Vuelvo enamorado de este lugar donde he nadado con peces manta. La impresión es indescriptible. Me planto unas gafas, unas aletas y un tubo y me zambullo en un nuevo universo de magia. Lo primero que me encuentro es un pez raya, enorme, que me mira de lado, después de frente y comienza su ascenso directo hacia mí. No pude más que mover brazos, piernas, aletas, todo, en dirección hacia la manta en un intento por retroceder que hacía que me viera bastante cómico. La fantasía mezclaba momentos de absoluta calma con tensa crispación, cuando los peces manta se multiplicaban por quince, y uno no veía más que colas amenazantes hasta donde la vista le alcanzaba. Finalmente resultaron animales apacibles, cariñosos, que incluso se rozaban con mi pierna, como el clásico gato doméstico que se le aproxima a uno y ronronea. Una barracuda de mi tamaño me tuvo totalmente asustado y ahí no hay broma que valga. Afortunadamente no se aproximó.
Los corales tenían todo tipo de colores y formas, y me quedé paralizado ante ese gran universo que se extendía independiente ante mí. El fondo del mar está poblado de piedras con forma de cerebro humano, mismo color, misma rugosidad. Analizando aquello, tuve la sospecha de que quizás el cerebro no exista y sea una invención construida por mi imaginación cuando vi por primera vez uno de estos corales en mi infancia. La irrealidad de aquel paisaje marino no cesaba, casi acaricio a un pez bebé (otros le llaman pez globo) que flotaba apaciblemente y se me acercaba amoroso, con sus enormes labios y la boquita abierta suplicante. Era la viva imagen de un recién nacido, curioso, cauteloso, asombrado, que emana paz y observa con fascinación. Este pobre compartía su espacio y mi atención, con icnontables peces manta que, aunque habían demostrado sus buenas intenciones, no dejaban de inquietarme. No los podía controlar y tampoco mi miedo, ni las imágenes derivadas de mi intensa imaginación, así que cada vez que veía flotar esas temibles colas por debajo de mí y desaparecían de mi vista, me imaginaba que una de las rayas se sobresaltaba por algún motivo y me atravesaba: mi última imagen sería entonces mi brazo derecho extendido, amigable, tratando de generar confianza en ese bebé que me descubría los secretos de la vida en un universo desconocido.
Estuve flotando entre peces que, por su tamaño, parecían niños de 10 años, de todos las formas y colores, con movimientos más vivos o más pausados, con miradas desconfiadas o amenazantes; me quedé petrificado ante la langosta más grande jamás vista y la maravilla de una concha que parecía albergar una perla en su seno fue el colofón de un inmersión en un mundo de sueños.
Cuando salí del mar y regresé a lo que supuestamente debía ser "la normalidad", seguí admirando este cayo, hogar de la diversidad cultural y la felicidad. Personas de todas las razas conviviendo en perfecta armonía, la paz imperante bajo un sol amigo, niños corriendo, queridos, cuidados, mimados, padres adorables, bares mágicos, bebidas de colores de otras galaxias, tranpolines que te catapultan al fondo del mar, mesas de madera que reinan en piscinas de arena...
He soñado y he vivido. He conocido el paraíso.
Por si no lo saben, el paraíso existe: es un pedazo de tierra que flota libre en el Caribe, compuesto por caracoles marinos. Los beliceños le dicen "Key Cockers", con ese inglés suyo tan particular, sin embargo, la firma reza Caye Caulker. Lo habitan todo tipo de criaturas bajo un sol abrasador que impone un ritmo aún más relajado. Tengo todo el cuerpo lleno de picaduras y
estoy quemado a trazos, pero... no cabe duda, es el paraíso en la tierra.
Vuelvo enamorado de este lugar donde he nadado con peces manta. La impresión es indescriptible. Me planto unas gafas, unas aletas y un tubo y me zambullo en un nuevo universo de magia. Lo primero que me encuentro es un pez raya, enorme, que me mira de lado, después de frente y comienza su ascenso directo hacia mí. No pude más que mover brazos, piernas, aletas, todo, en dirección hacia la manta en un intento por retroceder que hacía que me viera bastante cómico. La fantasía mezclaba momentos de absoluta calma con tensa crispación, cuando los peces manta se multiplicaban por quince, y uno no veía más que colas amenazantes hasta donde la vista le alcanzaba. Finalmente resultaron animales apacibles, cariñosos, que incluso se rozaban con mi pierna, como el clásico gato doméstico que se le aproxima a uno y ronronea. Una barracuda de mi tamaño me tuvo totalmente asustado y ahí no hay broma que valga. Afortunadamente no se aproximó.
Los corales tenían todo tipo de colores y formas, y me quedé paralizado ante ese gran universo que se extendía independiente ante mí. El fondo del mar está poblado de piedras con forma de cerebro humano, mismo color, misma rugosidad. Analizando aquello, tuve la sospecha de que quizás el cerebro no exista y sea una invención construida por mi imaginación cuando vi por primera vez uno de estos corales en mi infancia. La irrealidad de aquel paisaje marino no cesaba, casi acaricio a un pez bebé (otros le llaman pez globo) que flotaba apaciblemente y se me acercaba amoroso, con sus enormes labios y la boquita abierta suplicante. Era la viva imagen de un recién nacido, curioso, cauteloso, asombrado, que emana paz y observa con fascinación. Este pobre compartía su espacio y mi atención, con icnontables peces manta que, aunque habían demostrado sus buenas intenciones, no dejaban de inquietarme. No los podía controlar y tampoco mi miedo, ni las imágenes derivadas de mi intensa imaginación, así que cada vez que veía flotar esas temibles colas por debajo de mí y desaparecían de mi vista, me imaginaba que una de las rayas se sobresaltaba por algún motivo y me atravesaba: mi última imagen sería entonces mi brazo derecho extendido, amigable, tratando de generar confianza en ese bebé que me descubría los secretos de la vida en un universo desconocido.
Estuve flotando entre peces que, por su tamaño, parecían niños de 10 años, de todos las formas y colores, con movimientos más vivos o más pausados, con miradas desconfiadas o amenazantes; me quedé petrificado ante la langosta más grande jamás vista y la maravilla de una concha que parecía albergar una perla en su seno fue el colofón de un inmersión en un mundo de sueños.
Cuando salí del mar y regresé a lo que supuestamente debía ser "la normalidad", seguí admirando este cayo, hogar de la diversidad cultural y la felicidad. Personas de todas las razas conviviendo en perfecta armonía, la paz imperante bajo un sol amigo, niños corriendo, queridos, cuidados, mimados, padres adorables, bares mágicos, bebidas de colores de otras galaxias, tranpolines que te catapultan al fondo del mar, mesas de madera que reinan en piscinas de arena...
He soñado y he vivido. He conocido el paraíso.
lunes, 1 de octubre de 2007
que se llama Soledad
Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Es curioso cuando uno se queda parado, mirando a ninguna parte, o se detiene en la lectura de algo relacionado con su trabajo, quizás creyendo que va a reflexionar al respecto y, sin embargo, el subconsciente identifica su espacio y salta al vacío. En medio de la nada, como si el universo fuera de una materia blanca infinita en la que uno es sólo una mancha negra, en el centro, comienza una canción, la que sea, la que corresponda a ese momento: el mensaje de nuestras verdades escondidas.
Yo andaba pensando en el Coltán; por si no lo saben, es un componente importante de los aparatos electrónicos. El 80% de esta materia prima se encuentra en el Congo, donde más de 4 millones de personas han muerto en una guerra que se financia para que podamos comprar teléfonos celulares, Play Station, Computadoras... y sacarle un mayor rendimiento a las ventas. Es terrible. Sobre todo si a uno le fascina la tecnología. ¿Cuál será la alternativa? ¿Dejar de comprar? ¿No ser parte de algo que uno condena desde el fondo de su corazón? ¿Comenzar una campaña para que las empresas tengan que comprometerse a...?
Hoy me hacían una de las mejores comparaciones que he escuchado en mucho tiempo. Me decían... es como si te invitan a una playa nudista y te apuntas. Vas. Y te das cuenta de que tú eres el único payaso que anda desnudo mientras los organizadores de la fiesta están perfectamente vestidos disfrutando del espectáculo. Hablaban de la OMC, y de sus políticas inconsistentes. Los países más proteccionistas del mundo "invitando" al resto de los países a que se hagan liberales...
Andaba en estos pensamientos cuando mi mente comienza a cantar a Sabina:
Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Y me doy cuenta de que, efectivamente, estoy solo. Se ha ido Elena, mi compañera de casa, mi amiga, mi gran compañía en este país que cada día quiero más, y de pronto me percato de que todos los días comía con ella y casi todas las noches cenábamos juntos. Este acto social se transforma ahora en un mera necesidad biológica: debo alimentarme. Llegar a una casa vacía, cocinar para una sola persona, ingerir cualquier alimento con unas valores nutritivos mínimos, fregar los platos y regresar a la oficina. ¿Qué es la vida? ¿Quizás eso? ¿Comer en compañía? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué hago en El Salvador, preocupado por el Coltán de África, comiendo sólo en una casa demasiado grande para una persona?
Hace algún tiempo que llegué a la conlusión, aún no debidamente contrastada, de que el ser humano, todo lo que busca en este mundo es cariño.
¿Será?
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Es curioso cuando uno se queda parado, mirando a ninguna parte, o se detiene en la lectura de algo relacionado con su trabajo, quizás creyendo que va a reflexionar al respecto y, sin embargo, el subconsciente identifica su espacio y salta al vacío. En medio de la nada, como si el universo fuera de una materia blanca infinita en la que uno es sólo una mancha negra, en el centro, comienza una canción, la que sea, la que corresponda a ese momento: el mensaje de nuestras verdades escondidas.
Yo andaba pensando en el Coltán; por si no lo saben, es un componente importante de los aparatos electrónicos. El 80% de esta materia prima se encuentra en el Congo, donde más de 4 millones de personas han muerto en una guerra que se financia para que podamos comprar teléfonos celulares, Play Station, Computadoras... y sacarle un mayor rendimiento a las ventas. Es terrible. Sobre todo si a uno le fascina la tecnología. ¿Cuál será la alternativa? ¿Dejar de comprar? ¿No ser parte de algo que uno condena desde el fondo de su corazón? ¿Comenzar una campaña para que las empresas tengan que comprometerse a...?
Hoy me hacían una de las mejores comparaciones que he escuchado en mucho tiempo. Me decían... es como si te invitan a una playa nudista y te apuntas. Vas. Y te das cuenta de que tú eres el único payaso que anda desnudo mientras los organizadores de la fiesta están perfectamente vestidos disfrutando del espectáculo. Hablaban de la OMC, y de sus políticas inconsistentes. Los países más proteccionistas del mundo "invitando" al resto de los países a que se hagan liberales...
Andaba en estos pensamientos cuando mi mente comienza a cantar a Sabina:
Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Y me doy cuenta de que, efectivamente, estoy solo. Se ha ido Elena, mi compañera de casa, mi amiga, mi gran compañía en este país que cada día quiero más, y de pronto me percato de que todos los días comía con ella y casi todas las noches cenábamos juntos. Este acto social se transforma ahora en un mera necesidad biológica: debo alimentarme. Llegar a una casa vacía, cocinar para una sola persona, ingerir cualquier alimento con unas valores nutritivos mínimos, fregar los platos y regresar a la oficina. ¿Qué es la vida? ¿Quizás eso? ¿Comer en compañía? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué hago en El Salvador, preocupado por el Coltán de África, comiendo sólo en una casa demasiado grande para una persona?
Hace algún tiempo que llegué a la conlusión, aún no debidamente contrastada, de que el ser humano, todo lo que busca en este mundo es cariño.
¿Será?
martes, 25 de septiembre de 2007
de madres e hijos, de padres e hijas
Hubo un tiempo, un país, un cantautor. Salvador Allende presidía Chile y Víctor Jara cantaba en ton de protesta y de amor. Le cantaba a Amanda que la recuerda, con su pelo mojado, corriendo a la fábrica, donde trabajaba Manuel. Su sonrisa ancha, la lluvia en el pelo, no importaba nada, iba a encontrarse con él. La vida es eterna en cinco minutos, le canta y recuerda el sonido de la sirena. De vuelta al trabajo y ella caminando lo ilumina todo, los cinco minutos la hacen florecer. La recuerda en la calle mojada, corriendo a la fábrica, donde trabajaba Manuel. Iba a encontrarse con él, que partió a la sierra, que nunca hizo daño. Que partió a la sierra, y en cinco minutos quedó destrozado. Suena la sirena, de vuelta al trabajo muchos no volvieron, tampoco Manuel.
La letra transmite el dolor, la música transmite la pena, el conocimiento, genera angustia. Amanda y Manuel eran los padres de Víctor Jara. Víctor, sin ser él consciente, regaló de esta forma el nombre y la conciencia de su padre a miles de hijas en el mundo. El destino o la suerte me regalaron uno de estas estrellas que brillan con fuerza propia, como parte de un ideal superior de igualdad, derecho y amor. Por fin conocí a mi Amanda. La canción alimentaba las ideas de su padre antes de ser padre, y el día de darle un nombre a su creación más valiosa, a la continuidad de su vida, le transfirió el legado de una convicción por un mundo mejor; la llamó Amanda.
Hoy, esta niña de 30 años, de hermosos ojos gris esmeralda, de mirada despierta, de labios pensantes y sonrisa descarada, fuente de vida que emana inspiración, hoy, esta niña, que salió de una canción para crear mil cuentos, sabe que los ideales de su padre se resguardan en su seno, ya que alguien debe preservar una mirada fresca y reivindicativa ante un mundo que llama a la comodidad de las personas que envejecen.
Esta niña, hija del sueño de libertad que tantos persiguen, persigue su propio sueño, mientras otros la persiguen a ella, mitad por admiración, mitad por amor.
La letra transmite el dolor, la música transmite la pena, el conocimiento, genera angustia. Amanda y Manuel eran los padres de Víctor Jara. Víctor, sin ser él consciente, regaló de esta forma el nombre y la conciencia de su padre a miles de hijas en el mundo. El destino o la suerte me regalaron uno de estas estrellas que brillan con fuerza propia, como parte de un ideal superior de igualdad, derecho y amor. Por fin conocí a mi Amanda. La canción alimentaba las ideas de su padre antes de ser padre, y el día de darle un nombre a su creación más valiosa, a la continuidad de su vida, le transfirió el legado de una convicción por un mundo mejor; la llamó Amanda.
Hoy, esta niña de 30 años, de hermosos ojos gris esmeralda, de mirada despierta, de labios pensantes y sonrisa descarada, fuente de vida que emana inspiración, hoy, esta niña, que salió de una canción para crear mil cuentos, sabe que los ideales de su padre se resguardan en su seno, ya que alguien debe preservar una mirada fresca y reivindicativa ante un mundo que llama a la comodidad de las personas que envejecen.
Esta niña, hija del sueño de libertad que tantos persiguen, persigue su propio sueño, mientras otros la persiguen a ella, mitad por admiración, mitad por amor.
lunes, 10 de septiembre de 2007
¿japón?
Era media noche. Las voces se colaban a través de las puertas del McDonalds y resonaban en la plaza de Sol. Sentados en sillas de plástico probablemente fabricadas en algún país en vías de desarrollo por un coste inferior al de las propias vidas de las sub-personas que las crearon, tres amigos se reunión en torno a una mesa de igual material. Los helados que comían, que según dicen tienen más almidón que las propias patatas que vende este gigante transnacional, mantenían callado a uno de ellos.
C: ¿Y qué tal por China, tío?
A: La verdad es que muy bien, tío.
C: ¿Sí? No sé... yo creo que te has aburrido...
A: Qué va, tío, si acaso, me lo he pasado demasiado bien.
C: ¿Sí? ¿Y qué has hecho? ¿Cuál es allí la moneda? ¿El Yen?
A: Qué va, ésa es la moneda de Japón. En China es el Yuan o el Renmimbi. El Renmimbi representa la moneda nacional.
C: ¡Ah! Como aquí Juan Carlos...
A: Algo parecido...
C: ¿Y te has hecho alguna Geisha tío?
A: Qué va, tío, y si me la he hecho, no la he identificado. De todas formas, las Geishas también son de Japón.
C: Joder tío, pues qué mierda, no sé nada de China. China no me gusta.
F, en silencio hasta ese momento, interviene.
F: Ya tío, pero de Japón sabes un huevo. Deberías ir a Japón.
C: ¿Y qué tal por China, tío?
A: La verdad es que muy bien, tío.
C: ¿Sí? No sé... yo creo que te has aburrido...
A: Qué va, tío, si acaso, me lo he pasado demasiado bien.
C: ¿Sí? ¿Y qué has hecho? ¿Cuál es allí la moneda? ¿El Yen?
A: Qué va, ésa es la moneda de Japón. En China es el Yuan o el Renmimbi. El Renmimbi representa la moneda nacional.
C: ¡Ah! Como aquí Juan Carlos...
A: Algo parecido...
C: ¿Y te has hecho alguna Geisha tío?
A: Qué va, tío, y si me la he hecho, no la he identificado. De todas formas, las Geishas también son de Japón.
C: Joder tío, pues qué mierda, no sé nada de China. China no me gusta.
F, en silencio hasta ese momento, interviene.
F: Ya tío, pero de Japón sabes un huevo. Deberías ir a Japón.
¿De qué sustancia están hechos los sueños?
Anoche vi "La ciencia del sueño", película que con toda tranquilidad se atreve a afirmar que "un buen sueño parte de pensamientos, reminiscencias del día, recuerdos del pasado, palabras bonitas y universales, canciones e imágenes."
¿Será así? No voy a entrar en la diferencia entre vigilia y sueño, no hoy. No voy a hablar de "las ruinas circulares" de Borges, ni de si Chuang Tze era una mariposa o un hombre, ni siquiera me voy a meter en el tema de los viajes astrales.
Sólo me pregunto: ¿Serán los sueños los restos de la vigilia? ¿De verdad están compuestos de nuestros desechos? ¿Se merecen semejante condena?
¿Será así? No voy a entrar en la diferencia entre vigilia y sueño, no hoy. No voy a hablar de "las ruinas circulares" de Borges, ni de si Chuang Tze era una mariposa o un hombre, ni siquiera me voy a meter en el tema de los viajes astrales.
Sólo me pregunto: ¿Serán los sueños los restos de la vigilia? ¿De verdad están compuestos de nuestros desechos? ¿Se merecen semejante condena?
miércoles, 5 de septiembre de 2007
¿Por qué?
Podría intentar decir tantas cosas con respecto a esto que podría terminar por no decir nada. De modo que, voy a hacer de éste, un espacio para la reflexión.
Hay quien piensa que toda la parafernalia que representa la cooperación internacional no es más que un parásito que capta parte de los recursos que de otro modo irían directamente a las arcas de los políticos corruptos de los países en desarrollo. Incluso se puede llegar a leer que la cooperación internacional conduce a “sacarle dinero a los pobres de los países ricos para dárselo a los ricos de los países pobres”, en palabras del reconocido economista P. T. Bauer. Hay blogs interesantes que explican por qué los países pobres son pobres y por qué los países ricos son ricos, otros que explican cómo la riqueza provoca pobreza en el mundo, los hay que exacerbados claman los beneficios de la globalización y los que la tachan de condena...
¿Sirve de algo tratar de mejorar la situación de los seres humanos o por el contrario está en la naturaleza humana el egoísmo? Nietzsche hablaba de la supremacía del más fuerte y condenaba toda esta artificialidad que el ser humano ha creado. ¿Estaría en lo cierto? ¿Tiene sentido tratar de incidir en cambios estructurales, o sería más eficiente luchar por las pequeñas causas que tenemos al alcance? ¿Por qué India dona recursos a necesitados en otros países teniendo 800 millones de pobres en su propio país? ¿Por qué llamamos a un concurso de la tele para enviar dinero a Guinea cuando le negamos nuestra ayuda a quien nos cruzamos en la calle? La religión habla de culpa y de perdón, ¿será su influencia la culpa-ble?
Parece que nos dedicáramos a arrasar todo un jardín y después plantáramos un árbol para compensar. Es como si Paul Tibbets (piloto que lanzó sobre Iroshima la bomba atómica y que por cierto declara que lo volvería a hacer) ayudara a continuación a cruzar a una viejita por un paso de peatones. ¿Será que creemos que la naturaleza es capaz de compensar toda nuestra destrucción? ¿De completar el margen que el ser humano deja a su paso?
El otro día leí: la tierra en que vivimos, no la heredamos de nuestros padres, la tomamos prestada de nuestros hijos.
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