Hace ya algunas semanas que Fran vino a visitar esta curiosa isla que a alguien se le ocurrió anexar al continente. A pesar de que digan lo contrario, uno no tiene más que recorrer este país para darse cuenta de que flota libre en el Pacífico. Quizás por eso lo llamen el Valle de las Hamacas, porque el océano lo mece, en ocasiones con violencia.
El legado de Fran comprende un profundo sentimiento de nostalgia, inenarrables momentos de alegría, anécdotas que se irán entrometiendo entre líneas y algunas fotografías de gran calidad. La que precede a este texto, fue tomada un día cualquiera, un día tan importante como todos, el que en su momento fuera el primer día, el único día de mi vida. Todos lo son. Fui partícipe del momento en el que esa fotografía era tomada. La vi más tarde en el visor de su cámara, en el explorador minimizada y también ampliada. Cada vez que mi pupila invierte esa imagen, mi cerebro se alerta por el horror de una prisión. ¿Quién podría vivir en esa situación de semi-esclavitud? ¿Qué lugar, qué estilo de vida, puede compensar tener que encerrarse en esas condiciones? ¿Cómo puede uno sentirse libre tras ese muro, bajo esos alambres, bajo esa telaraña eléctrica? Después me doy cuenta de que ésa, es mi casa; de que ésa, es mi vida. Y yo la elegí.