martes, 6 de mayo de 2008

Cuentos ya escritos

C.P. nunca llegó a escribir aquel cuento de la reencarnación consciente; el cuento del hombre que se alimentaba de libros, que conocía todos los cuentos, que había memorizado todos los poemas, que había leído todas las novelas. Sin embargo, en su constante búsqueda de nuevas historias, en su descontrolado afán por adquirir nuevos escritos, sufría de una especie de trastorno que nadie le había diagnosticado y que, de hecho, nadie conocía: había un autor y, más concretamente, un libro, que tenía que comprar ineludiblemente. Cada vez que se cruzaba con la novela, la adquiría, la llevaba a casa como si fuera la primera vez, se sorprendía al encontrarse con la gran pila de libros repetidos y lo almacenaba. Nunca había osado abrirlo. Una noche, tumbado en la cama (él nunca leía acostado), extendió el brazo hacia la mesita de cama. Era costumbre conservar una edición en cada una de las mesitas y el resto en armarios, aunque cualquiera diría que eran inexistentes: él no los veía, no los recordaba y no los leía. Inesperadamente, su mano izquierda apoyo en su torso desnudo la novela fantasma. Aquel día había sido poco común desde el punto de la mañana. Ya cansado, somnoliento, no estaba seguro de lo que estaba haciendo. Empezaba a invadirlo esa sensación confusa que se apodera de uno bajo la protección del cansancio, cuando no se sabe si lo que esta sucediendo lo hemos soñado ya, o lo hemos vivido anteriormente. Algo en el estilo, en el tono, en el fondo, algo, le resultaba familiar. Después de varias páginas, se encontró con una de esas palabras entrecortadas, predecibles, que continuaría al pasar de hoja. Ya no era una lectura en voz baja, ni siquiera un susurro; había pasado a recitar. Nunca llegó a cambiar de página ni a bajar la mirada para continuar la lectura. Conocía, a la perfección, cada una de las letras, de las sílabas, de los párrafos. Siguió narrando, en voz alta, para alguien que no era él mismo, aquella novela que ahora sí, con plena certeza, sabía que había redactado en algún otro momento, en algún otro lugar, en alguna otra vida.

Me causó gracia acordarme de esta historia hace un par de noches, cuando cansado y con necesidad de curar el alma, comencé a seleccionar libros de los estantes que hay a la par de mi cama. Ahí estaban esperando, pacientes, Marx y su predicciones, Whitman y sus poemas, Gandhi y sus reflexiones, Lorca y su ingenio, Carpentier y su magia... Fui seleccionando algunos libros y los coloqué, desordenados, sobre el colchón. Agarré del estante el cuarto y último libro para esa noche: "La casa de Bernarda Alba" y lo dejé junto a los que ya tenía "Reflexiones sobre la no violencia", "Hojas de hierba" y... ¿cómo era posible? ¿La casa de Bernarda Alba? Miré sorprendido el libro que tenía en mis manos y el que estaba sobre la cama: efectivamente, eran el mismo. A pesar de ser prácticamente de lectura obligatoria en el colegio, yo nunca me había enfrentado a él. De hecho, a pesar de ser Lorca un autor universal, nunca había sido parte de mí. No quise revisar si había más copias en la casa. Simplemente, acompañado de esa sensación confusa que lo invade a uno en momentos de agotamiento, cuando no sabe si lo que está sucediendo ya lo ha vivido o soñado, decidí hacer algo inusual: leer un prólogo. Concretamente, aquél que precedía las reflexiones sobre la no violencia de Gandhi.

El ambiente estaba enrarecido, un círculo extraño rodeaba mi cama, un halo de magia parecía impregnarlo todo. No quería leer el libro de Lorca; me daba miedo pasar de página y continuar con la lectura sin necesidad de bajar la vista al libro, conocedor de cada una de las palabras que lo componen, consciente de su autoría en una vida previa. El prólogo no era un ejemplo de buena literatura, pero me mantenía despierto y distraído. No obstante, el último párrafo me tenía reservada una sorpresa: relataba las conversaciones de Gandhi en África del Sur con su carcelero, máxima autoridad, general y filósofo, Jan Christian Smuts, con quien generalmente hablaba de filosofía y poesía, particularmente sobre Walt Whitman. Observé atento, expectante, el triángulo misterioso que conformaban los tres autores sobre mi cama, como si mi subconsciente supiera algo que yo no sabía. Gandhi hablaba de Whitman, que también estaba tendido en la cama, paciente. ¿Qué hacía Lorca, repetido, autor de textos vírgenes para mí, en esta composición tan singular?

Y algo dentro de mí se detuvo; una especie de petrificación, de inquietud, rápidamente sustituida por un sosiego indescriptible. Yo recitaba:

ODA A WALT WHITAN

Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

...

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.

Federico García-Lorca.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

uh, qué de cosas bonitas mezcladas en las mismas líneas. Lo he saboreado lento y tengo la boca llena de letras que acaban en suspiro.

Gracias por estar ahí :)

Anónimo dijo...

Por eso siempre afirmas que eres mejor que tu compañero de trabajo que dice escribir!!